13. La reflexión sobre los condicionantes de la acción humana

El cuarto y último desarrollo que consideramos relevante en la generación de condiciones que habilitarían retomar la senda sugerida por Nietzsche es una reflexión en la que yo mismo he estado involucrado sobre los condicionantes de la acción humana. Recordemos que el camino señalado por Nietzsche apuntaba a repensar el fenómeno humano, colocando en el centro el eje de la transformación y de la acción. Si la acción va a jugar un rol preponderante, resulta esencial poder identificar cuáles son los factores que nos conducen a actuar de una u otra forma.

Personalmente he enmarcado esta reflexión en lo que he bautizado como el modelo OSAR. Para dar cuenta de ella es necesario presentar brevemente este modelo8. Como podrá apreciarse, tiene una clara influencia del pragmatismo filosófico norteamericano. El modelo OSAR nos plantea que el criterio determinante para evaluar la vida y, en general, lo que hacemos son los resultados. Si los resultados nos satisfacen, ello nos inclinará a seguir actuando como lo hemos hecho hasta ahora. Si los resultados son inefectivos o no del todo satisfactorios, buscaremos la forma de corregirlos. Pues bien, todo resultado remite a las acciones que ejecutamos (sean éstas ejecutadas por otros o por nosotros). De manera que si queremos cambiar tales resultados, estamos obligados a modificar las acciones que los producen.

13. La reflexión sobre los condicionantes de la acción humana

En este punto el modelo se pregunta por los factores que nos llevan a actuar como lo hacemos, pues para modificar nuestras acciones es necesario alterar aquello que nos condujo a actuar como lo hemos hecho. La pregunta que en consecuencia nos hacemos es ¿qué ha condicionado nuestro actuar? La primera respuesta apunta a lo que llamamos “los condicionantes visibles de la acción humana”. Ellos agrupan aquellos factores que, por lo general, estamos en condiciones de identificar con relativa facilidad. Podemos apuntar, por ejemplo, a determinadas predisposiciones biológicas, a las competencias que hemos adquirido, al uso de ciertas herramientas, instrumentos o tecnologías, a los factores emocionales que han incidido en nuestro actuar, a la “forma particular” como hacemos lo que hacemos, entre otros.

Hasta ahora no debiéramos tener problemas para avanzar en nuestra argumentación. Lo que sigue resulta clave de entender. Todos hemos tenido la experiencia de que hay resultados que deseamos encarecidamente y que, sin embargo, nos resultan esquivos. Aunque intervenimos en los condicionantes visibles de nuestro actuar no logramos que se produzcan.

Tomemos el ejemplo de un padre que quisiera tener una relación muy diferente con su hijo y que, a pesar de intentarlo por diversos medios, no lo logra. O los intentos muchas veces añorados por modificar el carácter de una determinada relación de pareja. Esta experiencia de no saber cómo hacerlo, que a todos nos es habitual, nos muestra el carácter discontinuo y no lineal de la acción humana y del aprendizaje. A primera vista pareciera que nuestra capacidad de acción y de aprendizaje fuera acotada. Tenemos la impresión de toparnos con una pared que nos impide atravesar y que compromete nuestros esfuerzos de transformación.

Detengámonos por un momento en esa situación y exploremos qué nos pasa cuando eso nos sucede. Hagamos una breve fenomenología de esa experiencia. ¿Qué sentimos? ¿Qué nos decimos? Sentimos evidentemente una inmensa frustración, una gran impotencia. Pero ¿qué nos decimos? Posiblemente lo primero quizás sea que eso a que aspiramos “no es posible”. Sin embargo, muchas veces nos basta mirar a un costado para constatar que aquello a lo que aspiro, esa relación con mi hijo que añoro, esa relación de pareja con la que sueño, otros la logran. Eso me demuestra que es posible. Soy yo quien, al parecer, no puede.

¿Qué me digo a continuación? Esta respuesta es muy reveladora. Posiblemente que “dado como soy, no puedo” o “dado como él (o ella) es, no es posible”. Y aunque tengo la sensación de que esa voz viene de mí, en rigor no es sino un eco de una voz muy antigua: la de Parménides, la del “programa metafísico”. Invoco la noción del “ser” para explicar una imposibilidad y dar cuenta de mi impotencia. Dado como soy y dado que el “ser” es fijo, inmutable, eso simplemente no es posible para mí o para él o ella. La invocación de la metafísica me conduce a una profunda resignación y a la aceptación de mi aparente impotencia. A partir de ello, renuncio a la posibilidad de la transformación y limito mi capacidad para generar cambios.

¿Qué nos muestra esta situación? Que independientemente de que en el ámbito del debate filosófico la metafísica se encuentre hoy en día confinada, sigue prevaleciendo en nuestro sentido común. Somos metafísicos sin saberlo o sin saber siquiera lo que significa el vocablo “metafísica”.

La situación descrita es clave pues es precisamente bajo esas condiciones que emerge la posibilidad del coaching. Es cuando alguien se encuentra inmerso en una situación como la que hemos descrito, en que enfrenta la dificultad de no poder resolver por sí mismo un problema que lo afecta y que compromete de una u otra forma su sentido de la vida, que pide coaching. La petición de coaching puede ser, por lo tanto, reconstruida en los siguientes términos: “Tengo un problema que me afecta. No sé cómo resolverlo. Dado que tú tienes distinciones y competencias que yo no tengo, te pido que me ayudes a ver lo que no veo y a hacer lo que hoy no puedo”. Éste es el resultado que se espera y se le pide a un coach. Y muy particularmente a un coach ontológico.

Existen muchas modalidades de coaching. En términos generales, la práctica del coaching implica el despliegue de técnicas de resolución de problemas. Y las hay de muy distinto tipo. La gran mayoría involucra lo que llamamos “aprendizajes de primer orden”, que se caracterizan por concentrarse de manera exclusiva en procurar la modificación directa de las acciones. En buscar que la llave dé con la cerradura. Uno de los rasgos del coaching ontológico (tan sólo uno) implica algo diferente, como es reconocer que quizás haya que cambiar la llave, pues la que tenemos no sirve para esa cerradura. Más allá de la metáfora, ¿cómo se hace eso?

Volvamos a la situación en la que nos encontrábamos anteriormente. La experiencia de que no vemos cómo resolver un problema que nos afecta. La pregunta que resulta pertinente hacerse es: ¿hemos realmente explorado todas las posibilidades que nos permitirían avanzar hacia la resolución? Postulamos que los “condicionantes visibles” de la acción humana no agotan los factores que inciden en la forma como actuamos. Sostenemos que más allá de ellos hay otros condicionantes que normalmente no percibimos, que ejercen un rol determinante en nuestro actuar y, que de ser capaces, primero, de reconocerlos y, luego, de intervenir en ellos, abrimos para nosotros posibilidades de acción insospechadas.

Al hacer esto, nos conectamos con un potencial transformador que en un comienzo éramos incapaces de identificar. Denominamos estos factores “los condicionantes ocultos de la acción humana”. Trabajar con ellos es uno de los rasgos más destacados (no el único) del coaching ontológico. ¿Cuáles son estos “condicionantes ocultos”? Fundamentalmente dos: el observador y el sistema.

El observador apunta a cómo le damos un sentido a la situación que enfrentamos, cómo interpretamos lo que sucede. En otras palabras, la manera como formulamos el problema. Las posibilidades de acción que percibimos dependen del tipo de observador que somos. Al cambiar nuestra forma de observar, emergen nuevas formas de acción. Todos somos observadores diferentes y, por lo tanto, traemos horizontes de posibilidades distintos para encarar una misma situación. Pero podemos cambiar el observador que somos y, con ello, devenir un observador más poderoso, capaz de percibir posibilidades de acción que antes no veíamos y que otros no logran vislumbrar y, de esa manera, generar acciones y resultados que previamente nos parecían imposibles.

Pero tanto el observador que somos como nuestros repertorios de acción y los resultados que buscamos con nuestro actuar están condicionados a su vez por los distintos sistemas sociales en los que hemos participado. Somos seres sociales, no sólo por cuanto lo social representa una dimensión de nuestras vidas, sino en el sentido más profundo de que la persona que hemos llegado a ser es el resultado del conjunto de interacciones sociales que hemos tenido en nuestras vidas y de los efectos que los diferentes sistemas sociales en los que hemos participado han dejado en nosotros. Nuestro “yo” es un producto social.

Y así como somos seres sociales, condicionados por sistemas sociales, hay resultados que, para que se produzcan y para que luego logren estabilizarse, requieren de la transformación de los sistemas sociales en los cuales operan. De lo contrario, no se producirán o serán inevitablemente efímeros. Los seres humanos no sólo estamos condicionados por los sistemas sociales; también tenemos la capacidad de transformarlos y así habilitar otras transformaciones que, sin estos cambio previos, no serían posibles. Consideramos líderes a quienes asumen la tarea de transformar los sistemas sociales.

El coaching ontológico es un tipo de coaching siempre abierto a la posibilidad de impulsar cambios tanto en el tipo de observador que somos como en los sistemas de relaciones de los que formamos parte. Este coaching mantiene abierta la opción no sólo de producir aprendizajes de “primer orden” sino también de “segundo orden”, por cuanto transforman el observador que somos y los sistemas de relaciones a los que pertenecemos. Cuando esos cambios son suficientemente profundos, transforman el ser que previamente éramos.

Un líder no sólo transforma el sistema social al que pertenece; al hacerlo transforma también el ser de muchos o incluso del conjunto de los individuos que conforman ese sistema social. Éste es uno de los rasgos más sobresalientes del fenómeno del liderazgo y no siempre es adecuadamente reconocido. Al leer estas palabras nos imaginamos a Parménides revolcándose en su tumba, mientras que Heráclito posiblemente se ríe complacido.

14. La ética asociada a la noción del observador

Las nociones de observador y de sistema conllevan consecuencias significativas en el ámbito de la ética. Una de ellas es que cuestiona la idea de verdad que nos propusiera la metafísica y que constituyera el pilar de su propia ética. Ello no implica necesariamente el rechazo de todo concepto de verdad. Es perfectamente posible, por ejemplo, la adopción de otros conceptos de verdad como el que hoy prevalece en el campo de las ciencias, donde la verdad apunta a los criterios definidos por una comunidad de pares reconocidos a partir de ciertos niveles de competencias y ajustados a procedimientos y normas establecidos por esa misma comunidad. Pero la idea metafísica de que la verdad es aquello que da cuenta del “ser” de las cosas no tiene cabida desde la noción del observador. Desde esta noción, no sabemos cómo son las cosas. Sólo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos. Sólo disponemos de interpretaciones en nuestra capacidad de conferirle sentido a las cosas, interpretaciones que descansan en interpretaciones, en una espiral recursiva sin fin.

¿Implica esto que todas las interpretaciones son iguales? ¿Que no existe la posibilidad de discriminar entre interpretaciones diferentes? De ninguna manera. Pero el criterio de discriminación cambia. Éste ya no es la verdad sino el poder siempre relativo que una determinada interpretación me otorga y los resultados que eventualmente me habilita. En definitiva, el resultado final que aparece comprometido es el sentido de vida, individual y colectivo, que una determinada interpretación es capaz de conferirnos. El criterio de discriminación, por lo tanto, nos conduce al corazón mismo del ámbito de la ética: el sentido del vivir.

Pero hay más desde un punto de vista estrictamente ético. En la medida que ya no podemos proclamar la verdad de nuestras interpretaciones, no disponemos de la coartada que la noción metafísica de verdad nos ofrecía para imponerle a otro lo que pensamos. El concepto metafísico de verdad terminaba justificando la exclusión y la violencia hacia quienes disponían de interpretaciones diferentes. Quienes no participaban de lo que invocamos como verdadero se convertían en personas cautivas de la falsedad, en herejes y se hacían merecedores del trato que históricamente se les ha conferido a los herejes. Al aceptar que sólo disponemos de interpretaciones y que nadie es poseedor de la verdad metafísica, ello nos obliga a tratar de manera diferente al disidente. Ya no podemos excluirlo, discriminarlo o eliminarlo. La noción de observador nos obliga a asumir la responsabilidad, personal y colectiva, sobre el tipo de trato que le conferimos a los demás y nos ayuda a instituir el respeto por lo que hace y lo que piensa.

Más aún, la noción de observador nos conduce a reconocer que todos somos observadores limitados. Que todo observador logra iluminar parte de su realidad a la vez que, inevitablemente, oscurece otras. Que todo observador tiene fortalezas y debilidades. Pero así como yo poseo debilidades, otro observador puede tener fortalezas que yo no tengo y, por lo tanto, al constatar nuestras diferencias en nuestras observaciones, ese otro diferente de mí quizás encierra una posibilidad de aprendizaje para mí, que me conduzca a ver aspectos que no veo y a actuar de una manera que hoy no puedo. Ello nos permite avanzar hacia una nueva ética de la convivencia.

Pero no sólo somos observadores diferentes, también podemos transformar el observador que somos para hacerlo más poderoso. Podemos aprender de otros observadores, así como éstos pueden aprender de uno. La noción de observador nos permite elevarnos por sobre la resignación a la que nos empuja la metafísica, al cancelar la posibilidad de transformar el ser que hemos sido hasta ahora.

15. La ética asociada a la noción de sistema

La noción de sistema tiene también consecuencias en el ámbito de la ética. Ellas apuntan, por lo menos, en dos direcciones. Por un lado, nos muestran que somos menos nosotros mismos de lo que usualmente creemos y más el resultado de sistemas sociales que nos constituyen. Pero, por otro, nos abren los ojos al reconocimiento de que nuestras acciones afectan esos mismos sistemas que nos han constituido.

El primer punto nos ayuda en un proceso de despsicologización sobre cuya importancia Nietzsche nos habla en numerosas oportunidades. Los individuos tienden a magnificar el papel que se asignan a sí mismos y generan con ello culpas exageradas y autorrecriminaciones. En otras palabras, sufrimientos desmedidos. Esto produce en nuestras vidas un marcado “espíritu de gravedad”, pesadez, opacidad. Nietzsche cuestiona muy severamente ese “espíritu de gravedad” y propone sustituirlo por su opuesto, el “espíritu de la liviandad”. La noción de sistema refuerza esta disposición a una mayor levedad. Nos muestra que somos menos “yo” y más “sistema” de lo que normalmente asumimos. Menos sujeto autónomo y más producto y predicado de lo que frecuentemente pensamos. Ello nos permite tomarnos con mayor inocencia y menos culpa, con mayor aceptación frente a lo que nos pasa y, por tanto, con menos sufrimiento.

Todo ello habilita una de las disposiciones fuertemente recomendadas por Nietzsche y que éste denomina amor fati o amor al destino. El mundo, nos señala el filósofo, acontece y se desarrolla desde la inocencia, tal como lo vivimos en un primer momento, antes de comer del árbol del bien y del mal, en el Paraíso. Es preciso volver a aprender el “espíritu de la liviandad”. Una de las contribuciones que realiza el coaching ontológico es precisamente eso: disolver la gravedad y la autorrecriminación en las que frecuentemente caemos y devolvernos parte de esa inocencia perdida.

La segunda dirección que se deduce de la noción de sistema apunta en un sentido contrario. Mientras la primera disminuía nuestra responsabilidad personal, ésta la incrementa, aunque en un plano diferente. Nos muestra que nuestras acciones tienen efectos en el sistema social, en el entorno que habitamos, efectos que muchas veces no alcanzamos a vislumbrar cabalmente. Mientras que la primera relación nos ayuda a despsicologizarnos, la segunda desarrolla en nosotros una mayor conciencia y sentido de responsabilidad frente a nuestros entornos sociales y naturales y, por consiguiente, genera una mayor conciencia ecológica. Nos advierte sobre los efectos que, tanto desde un punto de vista temporal como espacial (en la estructura de nuestro entorno), generan nuestros comportamientos. En este sentido, la noción de sistema es afín con una ética ecológica. Ello representa también un aspecto que solemos observar en la práctica del coaching ontológico. Incrementamos nuestro sentido de responsabilidad frente a nuestras acciones.