16. Un nuevo escenario para una concepción del ser humano situada en la perspectiva de la transformación: los desafíos del aprender y del emprender

Estos cuatro desarrollos -la filosofía antropológica de Buber, los avances producidos desde la biología, la emergencia de la filosofía del lenguaje y la reflexión que hemos presentado sobre los condicionantes de la acción humana- crean nuevas condiciones para retomar el camino originalmente sugerido por Nietzsche y avanzar hacia una nueva interpretación del fenómeno humano sustentada en el eje de la transformación y la acción[1]. Generan un nuevo escenario que, a pesar de su excepcional lucidez, Nietzsche mismo no dispuso. Lo que sorprende, sin embargo, es el hecho de que a pesar de no haber contado con las condiciones que contamos ahora, el filósofo alemán lograra intuiciones geniales. Nietzsche insistía en que era un filósofo póstumo, que sería comprendido con posterioridad. Hoy constatamos de qué forma anticipó el debate filosófico posterior.

Estos desarrollos permiten desencadenar un impulso transformador sin precedentes en los seres humanos o, en las propias palabras de Nietzsche, una voluntad de poder que no puede sino sorprender. El coaching ontológico es una práctica particular que tiene como uno de sus principales objetivos expandir el poder de los individuos para que les sea posible incidir tanto en sus vidas, en sus maneras de ser, como en sus respectivos entornos. A partir de lo anterior logramos por fin entender aquella noción, central en la filosofía de Nietzsche, y tan profundamente malentendida en el pasado, del übermensch, usualmente mal traducida como “superhombre”. El übermensch es para Nietzsche el ser humano que comprende que su principal desafío en la vida es su propia superación, la transformación de sí mismo hasta convertirse en el tipo de ser que cada cual aspira a ser. El coaching ontológico es una práctica al servicio de ese propósito.

Muchas veces hemos señalado que el ideal superior para un ser humano no es descubrirse o conocerse a sí mismo, por muy loable que ello sea. El ideal más alto que nos es posible alcanzar es inventarnos a nosotros mismos, diseñar el tipo de ser que aspiramos ser. Los seres humanos, sostenemos, participamos con los dioses en el acto sagrado de nuestra creación y de la creación del mundo. Ello nos conduce a una ética de existencia radicalmente diferente de aquella a la que por siglos hemos estado acostumbrados.

De lo anterior podemos señalar que los seres humanos tenemos dos grandes desafíos y que la forma como respondamos a ellos representará en el futuro una de las fuentes principales de nuestra capacidad de conferirle sentido a nuestras vidas y, por ende, de responder a la crisis de sentido que hoy enfrentamos. En primer lugar, está el desafío de transformarnos a nosotros mismos. Es el desafío del aprender. En segundo lugar, está el desafío de transformar el mundo que habitamos, de hacer una diferencia con nuestra existencia, con nuestra capacidad de acción, de dejar una huella, de producir obras capaces de trascendernos una vez que nos hayamos ido. Es el desafío del emprender. Ambos desafíos se complementan entre sí, el aprender nos dispone a acometer nuevas transformaciones en el mundo y estas últimas, a la vez que cambian el mundo, nos transforman también a nosotros mismos.

El sentido de la vida, núcleo de la crisis ética que hoy enfrenta la Humanidad, ya no es algo que debemos dejar sólo a la gracia de Dios o algo que debemos encontrar fuera de nosotros mismos. En el pasado, lo obteníamos en gran medida de aquellas grandes narrativas que alimentaban el sentido de la vida a nuestros abuelos. Esas narrativas han dejado de proveernos el sentido que generaban en el pasado. Hoy, el sentido de la vida es algo que debemos tomar en nuestras propias manos, algo cuya responsabilidad no podemos delegar. El sentido de la vida es algo que nos compete y compromete a todos y cada uno y que sólo cada uno puede asumir para proveérselo en su vida. Hemos entrado en un escenario ético que no existía en el pasado. La práctica del coaching ontológico se presenta como un oficio destinado a entregar una ayuda para que muchos que parecieran perderse en el camino puedan lograrlo. 9

17. Hacia la búsqueda de nuevos caminos de espiritualidad

¿Son los desafíos del aprender y del emprender suficientes para responder a los requerimientos de generarnos el sentido de vida que necesitamos y buscamos? Sin duda que contribuyen a ello, pero dudamos que puedan ser suficientes. Estos desafíos se hacen cargo de los dos primeros ejes de los que nos hablara Buber: el que guardaba relación con los demás y el referido a nosotros mismos. ¿Pero son estos dos ejes suficientes? ¿Qué sucede con el tercer eje apuntado por Buber, aquél relacionado con el misterio de la vida? ¿Podemos acaso prescindir de él?

Mi respuesta tiende a ser negativa. Tengo la impresión -estoy muy lejos de una convicción- de que pudiera faltarnos algo esencial. Los seres humanos somos seres trascendentes y lo somos en varios sentidos. Primero, por cuanto podemos pensar en maneras de ser distintas de las que hemos alcanzado y en mundos diferentes y mejores de los que nos corresponde vivir. Pero también porque nos sentimos atraídos por el misterio de la vida y buscamos indagar en él. Tenemos una innata vocación a la espiritualidad.

Dadas las principales ofertas religiosas y espirituales hoy disponibles, no siempre es fácil encontrar un cauce adecuado para desarrollar esta vocación. Ante esta situación muchos optan por distanciarse del mundo espiritual y encerrarse en un radical escepticismo. Mi impresión es que esa respuesta es un síntoma más del problema de una espiritualidad en decadencia, que ha perdido vitalidad, que una solución efectiva. El ateísmo es parte del problema y no una solución adecuada. Uno de los mayores desafíos que hoy enfrentamos consiste en inventar caminos de espiritualidad renovada, de acuerdo con nuestros tiempos.

Si me permito especular sobre los rasgos de esta nueva espiritualidad, diría que debiera responder más a las exigencias de un mundo presente y por venir que a las tradiciones de un pasado que ya no interpretan sino a un número cada vez más reducido de personas. Se requerirá posiblemente un tipo de espiritualidad más activa, menos ritualista, en sintonía con exploraciones sobre la transformación de uno mismo. Un tipo de espiritualidad, por lo tanto, más centrada en el individuo y sus necesidades que en jerarquías externamente establecidas y de carácter impositivo. Un tipo de espiritualidad organizada desde lo humano y, desde allí, dirigida a un más allá, a diferencia de muchos de los caminos religiosos hoy prevalecientes que se han construido a la inversa, como una verdad revelada por la divinidad que somete a los individuos. Un tipo de espiritualidad que legitime y valide la duda, el cuestionamiento, la crítica, rasgos claves de la Modernidad y de los que hoy no es posible desprenderse.

Por último, se trata de un tipo de espiritualidad que posiblemente seguirá más un camino de indagación y exploración desde la negatividad, un camino más apofático que catafático, pues hemos aprendido que por lo general los esfuerzos por definir la divinidad a través de la asignación de rasgos positivos no hace en rigor más que extrapolar nuestros propios rasgos en lo divino, distorsionándolo y limitándolo, lo que suele alimentar la incredulidad y el ateísmo. Éste es, sin duda, un terreno donde estamos muy atrasados.

El mundo espiritual que hoy nos rodea es un resabio de un pasado que hace mucho tiempo dejó de existir. Evoca épocas medievales o incluso anteriores. Su imaginería y sus mitos pertenecen a otros períodos y, por lo tanto, a los niños les resulta cada vez más difícil sintonizar con ellos. Es sorprendente constatar cómo el espíritu religioso decae con las nuevas generaciones. No es extraño que éste sea, precisamente, el ámbito quizás más crítico donde se desarrolla el sinsentido que hoy nos acosa desde tantos lados.

18. La noción de alma humana

La ontología del lenguaje suscribe una concepción particular sobre el alma humana. Arranca de una noción de alma muy diferente de la que nos entrega la concepción tradicional, para la cual el alma representa una sustancia. El dualismo filosófico entiende a los seres humanos como constituidos por dos sustancias: el cuerpo, que representa nuestra sustancia física, y el alma, que es una sustancia espiritual. Siguiendo la tradición inaugurada por Spinoza, la ontología del lenguaje rechaza el dualismo filosófico y, de acuerdo con el enfoque sistémico, remite todo cuanto somos a una determinada estructura biológica a partir de la cual emergen diferentes dominios fenoménicos. Ello, sin embargo, no impide hablar del alma humana.

Desde nuestra perspectiva, el alma no es sino la forma particular de ser que caracteriza a un determinado individuo. El alma, por lo tanto, no es sustancia sino forma. Da cuenta de la forma de ser de un determinado ser humano. Ahora bien, cabe entonces preguntarse ¿qué configura una forma de ser singular? Como primera respuesta podríamos decir: su particular manera de estar en el mundo. El alma se configura en la doble relación que un individuo mantiene con su mundo, dando cuenta, por un lado, de su particular forma de actuar e intervenir en él y, por otro, de la particular forma como el mundo resuena en él, haciéndolo reaccionar de una u otra manera.

Esto es fundamental por cuanto apunta al hecho de que es nuestro actuar – tanto nuestro accionar como nuestro reaccionar- el que asume una determinada configuración, determinados patrones de comportamiento, en definitiva, una forma que da lugar al tipo particular de ser que somos y conforma lo que denominamos propiamente como nuestra alma. Esta relación entre acción y ser es uno de los pilares fundamentales del discurso de la ontología del lenguaje. Como lo señala su segundo principio:

“No sólo actuamos de acuerdo a cómo somos,

también somos de acuerdo a cómo actuamos.

Acción genera ser”.

Este principio marca un punto de ruptura fundamental con el programa metafísico para el cual el ser siempre antecede a la acción y la acción remite siempre al ser. Sin desconocer que todo actuar revela una forma de ser particular, afirmamos que la acción es el principio activo y constituyente del ser.

Desde esa perspectiva, para nosotros el concepto del alma humana responde a un esfuerzo por dar cuenta de una forma particular de estar que se expresa en nuestra manera de comportarnos en el mundo. Se trata de un recurso explicativo que construimos a partir de la acción humana. Como lo señala Nietzsche: “El sujeto, como tal, no existe; la acción es todo”. Nuestra forma de actuar es nuestra forma de ser y la noción de alma no hace más que responder a la forma de ser que nuestras acciones configuran.

Lo anterior nos obliga a dar un paso más. Para comprender adecuadamente nuestra manera de actuar, tal como lo hemos ya expuesto, es preciso preguntarse por los factores que inciden en ella, conduciéndonos a tomar uno u otro camino. Sin esta reflexión nuestra concepción sobre el alma humana se torna superficial. Pues bien, esta reflexión es la que se expresa en nuestro modelo OSAR y en el reconocimiento de condicionantes tanto visibles como ocultos de la acción humana. Ello permite la apertura del concepto de acción a las temáticas del observador y del sistema. Sin estas aperturas quedamos atrapados en un concepto de acción muy débil para iniciar una exploración en profundidad sobre el alma humana.

19. El carácter misterioso del alma humana

El concepto de alma humana con el que trabajamos define aspectos centrales de la ética de la práctica del coaching ontológico y como tal debe ser utilizado con cautela. Ello representa, por lo demás, un rasgo diferenciador clave de nuestra escuela frente a otras. En la medida que concebimos la práctica del coaching ontológico como una acción dirigida al objetivo de la transformación del tipo de ser que somos, el alma humana constituye su materia prima más importante.

A partir de lo anterior, es fácil concebir el coaching ontológico como una suerte de “ingeniería del alma humana”, como un proceso de diseño y construcción de nuevas formas de ser. Esto lo vemos reflejado en algunas corrientes que se nutren del coaching ontológico. Nos oponemos radicalmente a esa concepción pues consideramos que transforma el coaching ontológico en una práctica altamente peligrosa, de la que cabe esperar más daños que ventajas, más sufrimientos que desplazamientos expansivos del alma. Toda “ingeniería del alma humana” la cosifica, la convierte en un objeto que puede ser manipulado. Le niega al alma su inherente autonomía. Termina utilizando -y muchas veces abusando- del coachee.

¿Cómo evitarlo? ¿Qué es aquello que podría resguardarnos frente a esos peligros? Nuestra respuesta en ese sentido es categórica. Se trata, entre otras cosas, de afirmar el carácter profundamente misterioso del alma humana. Esto conecta el discurso de la ontología del lenguaje con una destacada corriente filosófica: el romanticismo alemán.

El postulado del misterio del alma humana posee, en la ontología del lenguaje, un doble fundamento. El primero resulta de la postura que ésta adopta, de manera general, frente al conocimiento. Sostenemos que el ser humano no puede acceder al ser de las cosas. Objetamos la noción metafísica de verdad. En nuestro afán de conocimiento sólo disponemos de interpretaciones que son y serán siempre parciales, limitadas. Toda interpretación, si bien logra iluminar aspectos de lo que examina, inevitablemente oscurece otros. Es propio del conocimiento este carácter dual a través del cual logramos iluminar, pero también le es inherente el oscurecer, ocultar. Si bien podemos avanzar hacia procesos de conocimientos con capacidad creciente de iluminación, como sucede por ejemplo con el desarrollo de las ciencias, nunca dejaremos de preservar zonas oscuras frente a lo que buscamos conocer.

Esta postura frente al conocimiento impone una determinada disposición ética, introduciendo la humildad y la sospecha constante frente a lo que procuramos explicar. Nunca podemos descartar el hecho de que, desde una perspectiva distinta, nuestras explicaciones se derrumben y podamos acceder a interpretaciones muy diferentes y mucho más poderosas. Desde esa posición, cualquier objeto que busquemos conocer preserva su carácter misterioso, aunque estemos en condiciones de defender el poder relativo de nuestras interpretaciones frente a otras. Nuestras interpretaciones no corresponden nunca con la realidad de la que buscan dar cuenta. Son mapas, no territorios. Nuestras explicaciones, por lo tanto, son y serán siempre provisorias, independientemente de los objetos explicados. La soberanía del conocimiento es siempre inestable, dinámica, cambiable. Todo conocimiento convierte aquello que busca conocer en “objeto” de conocimiento. El alma humana es esquiva a convertirse en objeto.

En el caso del alma humana el objeto que busca ser conocido y explicado introduce, por sí mismo, algunas dimensiones propias que acentúan su carácter misterioso, propio de todo proceso de conocimiento. Éste es un rasgo que caracteriza al romanticismo filosófico alemán. Demos algunos ejemplos. Johann Gottfried Herder, uno de los fundadores de esta corriente de pensamiento, nos señala: “la raíz más profunda de nuestra alma está cubierta de noche”. Es propio del alma humana mostrar sólo su lado iluminado, como sucede con la luna, pero la mayor parte de ella misma se mantiene inevitablemente en la oscuridad.

El poema “Noche de luna” de Joseph von Eichendorff se inicia con las siguientes palabras:

Era como si el cielo

La tierra hubiera besado;

Y en el floreciente destello

Tenía de qué estar soñando.

Y mi alma tendía

Todo el ancho de sus alas,

En silencio las batía

Como si volara a casa

Más adelante, Herder sostiene: “El alma se encuentra en un abismo de infinitud y no sabe que se encuentra en él”. Ello implica que su lado oscuro no sólo no logra ser visto por los demás, ella misma no suele percatarse de él. Nietzsche nos lo advertía:       nosotros, los que conocemos, somos profundamente desconocidos para nosotros mismos. Muchas veces el trabajo de un coach ontológico consiste en guiar al coachee en el camino hacia las tinieblas de su propia alma. La interacción de coaching se convierte entonces en una exploración parcial, siempre parcial, en el misterio abismal del alma del coachee. Se trata de un misterio sin fondo, inextinguible, que nunca logra su completa disolución.

Detrás de la cara visible que exhibe el alma humana hay un mundo misterioso. Los románticos aluden a él de distintas formas. Novalis nos habla del “yo detrás del yo”, indicándonos que el yo al que accedemos se sustenta siempre en un yo más profundo que está detrás. A través de la interacción de coaching ontológico logramos a menudo asomarnos (tanto el coach como el coachee) detrás de ese primer yo visible y “hacer visible” ese otro yo que se encontraba oculto. Pero éste es un proceso que no se detiene en la medida que el propio yo que hemos “hecho visible” esconde a su vez otros “yo” más profundos que él mismo.

Sin embargo, esos “yo” profundos, intuidos por los románticos, no son sólo espacios que podamos iluminar parcialmente. Esos mismos “yo” son los que pueden hacerse cargo de sus respectivos “yo” visibles, son encrucijadas, a partir de las cuales cabe ahora orientar sus transformaciones. El movimiento romántico acude con cierta frecuencia a dos términos que nos parecen particularmente atractivos. Nos habla de ventanas y puertas. De lo que se trata es precisamente de mostrar nuevas ventanas y puertas. De generar nuevos observadores que puedan tomar acciones que les permitan salir hacia otros lados e iniciar nuevos caminos. Es una bella manera de decir lo que busca el coaching ontológico. En un poema de Eichendorff leemos:

Ventanas y puertas abiertas están.

De nada sirve oponer resistencia;

En ondas del corazón he de notar:

Amor, prodigiosa existencia,

De nuevo a seducirme volverás.

Johann Gottlieb Fichte apunta a la misma idea con un lenguaje diferente. Frente al reconocimiento de un yo “empírico” y visible, nos habla de un yo “trascendental” y oculto. Friedrich Schelling, posteriormente, se mueve en la misma dirección y se refiere a un “yo absoluto” que se caracteriza por el hecho de que “bajo ningún concepto puede jamás hacerse objeto” y, por lo tanto, permanece siempre inasible. Desde esa perspectiva el romanticismo postula una noción del alma humana como la eterna desconocida.

Friedrich Schlegel saca de esto una conclusión que un coach ontológico nunca debiera perder de vista. Nos dice que el hombre tiene “un sentido infinito para otros hombres”. Nunca logramos comprender totalmente al otro. Ello nos acerca a las ideas que posteriormente serán desarrolladas por Martin Buber en torno al carácter de la relación que se establece entre dos seres humanos, relación del todo diferente de la relación instrumental que mantenemos con los objetos. En su obra Sobre la incomprensibilidad, Schlegel señala:

“[…] lo más delicioso que tiene el hombre, la satisfacción interior misma, pende a la postre de un punto que, si bien ha de dejarse en la oscuridad, sin embargo, lleva y soporta el todo, y perdería esta fuerza en el mismo instante en el que quisiéramos disolverlo en la razón. ”

Schlegel, como sucede en general con los románticos, entiende que el alma humana pertenece, en último término, al dominio de lo inefable. Como tal, en la medida que profundizamos en ella nos alejamos del ámbito del lenguaje.

Para Fichte el “yo” no es ni un hecho ni una cosa. Es un acontecimiento. El “yo” acontece. Con ello se apunta en una dirección diferente. Yo me produzco como “yo”. Mi “yo” no me es dado, yo mismo lo genero. Y ello lo realizo a partir de mi capacidad de acción. El hombre, reconoce Fichte, es un ser que siempre puede comportarse de otro modo y ver las cosas de distinta manera. El mundo para los seres humanos es un mundo de posibilidades. El “yo”, en consecuencia, es también un misterio por su fluidez, por su capacidad de asumir nuevas y muchas veces insospechadas formas.

En su capacidad de transformación sin pauta previa el alma humana radicaliza su misterio. Somos seres abiertos al tiempo, no sólo por cuanto traemos al presente un pasado, sino también en la medida que, desde el presente, nos abrimos a futuros posibles diferentes. Mientras estemos vivos, el alma humana puede proyectarse hacia nuevas formas. Nietzsche insistía en que el “ser” del ser humano es una promesa. Y una promesa en muchos sentidos indeterminada, abierta a múltiples contenidos.

Todo ello impone, obviamente, una perspectiva ética que nos aleja por completo de aquella que se asocia a la noción de una “ingeniería del alma humana”. Trabajar con el misterio del alma es muy distinto de operar con el trazado de caminos o de puentes. La ilusión de objetividad que podemos levantar en estos casos se esfuma por completo cuando nos enfrentamos a los misterios del alma. La seguridad en nuestro operar se disuelve por sí sola. Surge con fuerza la necesidad de la humildad, la importancia de saber soltar, el respeto por el otro, la capacidad de asombro y, en general, la idea de que aquello que el coach ontológico tiene en sus manos requiere de cuidado y cultivo. Sólo entonces comprendemos que la práctica del coaching ontológico se asocia con el arte y no con la ingeniería.