20. La estructura de lo posible

Si la perspectiva de la transformación representa el eje de nuestra propuesta, cabe preguntarse sobre el rango de transformaciones posibles que disponemos los seres humanos. Esta pregunta podemos dirigirla en dos direcciones: hacia el mundo y hacia nosotros mismos. Es la segunda dirección la que nos interesa particularmente, por cuanto es la que aparece involucrada en la práctica del coaching ontológico. ¿Cuál es el ámbito de cambios posibles en los seres humanos? En otras palabras, ¿cuál es el rango de transformaciones posibles del coaching ontológico?

Nuestra primera respuesta: el ámbito de la transformación es infinito. Habiendo dicho eso, comprobaremos que no está exento de límites. Esto parece contradictorio, pero creemos que no lo es.

La geometría considera al menos dos situaciones asociadas a la noción de infinito. La primera guarda relación con una línea que se proyecta infinitamente por ambos lados, sin encontrar límites que la detengan. Puede tratarse de una línea recta proyectada infinitamente en el espacio o de una línea curva cerrada sobre sí misma, como sucede, por ejemplo, en una circunferencia. La segunda noción de infinito opera al interior de una línea acotada, que termina en ambos extremos. En este caso, la geometría postula que podemos afirmar que entre ambos extremos existen infinitos puntos. Ésta es la noción de infinito que aplicamos para hablar del ámbito de transformaciones posibles en los seres humanos. Estamos acotados, limitados, pero al interior del espacio que ocupamos cabe la posibilidad de infinitas transformaciones. No hay un límite que nos obligue a detenernos. Siempre es posible concebir una transformación adicional.

Si tenemos límites, la pregunta que corresponde levantar es ¿cuáles son? Nuestra respuesta es que disponemos de dos tipos de límites: uno que se nos impone y otro que nos lo autoimponemos. El primero sirve de piso de lo que llamaremos “la estructura de lo posible” y el segundo, de techo.

El piso de la estructura de lo posible para los seres humanos lo confiere la biología. Sólo podemos hacer lo que nuestra biología nos permite. Como todo ser vivo, somos seres acotados biológicamente en nuestro actuar. No nos es posible hacer -y ello incluye pensar, sentir, imaginar, entre otros- lo que nuestra biología no nos permite. Hay cosas que estamos individualmente limitados a realizar, pero que, sin embargo, podemos acometer coordinando acciones con otros, en la medida que la coordinación con los demás nos esté biológicamente permitida. Es más, dentro de las cosas que podemos hacer está también el intervenir en nuestra biología y, al hacerlo, habilitar acciones que antes nos estaban vedadas. Pero, con todo, estaremos siempre limitados por nuestra biología.

Cuando transitamos desde el ámbito de la biología al de la acción, en rigor cruzamos de un dominio fenoménico a otro. Ello implica un cambio de mirada frente al fenómeno humano. Sus lógicas de comportamiento son diferentes. Situados en el ámbito de la acción, constatamos que éste se nos presenta inicialmente como altamente caótico. Con el ánimo de introducir un cierto orden que nos permita comprenderlo mejor e incrementar nuestra capacidad de intervención en él, con el propósito de conferirle un determinado nivel de estructuración, postulamos que la amplia variedad de acciones que los seres humanos podemos emprender remiten a lo que hemos denominado “tres dominios primarios” que emergen de nuestra biología. Ellos son la corporalidad, la emocionalidad y el lenguaje.

¿Son éstos todos los dominios posibles? De ninguna forma. ¿Son éstos los que nos resultan vitalmente más importantes? Posiblemente no. Se trata tan sólo de ámbitos que consideramos “primarios” y, por lo tanto, que sirven de soporte a cualquier otro. Alguien podrá sostener, por ejemplo, que no hemos incluido el dominio de la espiritualidad y que éste es más importante que los anteriores. Nuestra respuesta es que para devenir un ser espiritual requerimos ser primero un ser emocional y un ser lingüístico, capaz de hacerse preguntas, sin lo cual el ámbito espiritual no puede constituirse. Sin duda que este último es importante, pero no es un dominio primario.

La distinción de estos tres dominios primarios es fundamental para la práctica del coaching ontológico pues identifica campos posibles de intervención. Hay tipos de coaching que requerirán ser más lingüísticos, otros más centrados en el dominio emocional y, por último, habrá algunos que le confieran un mayor énfasis a la corporalidad. Todo coach sabe, por lo demás, que estos tres dominios, aunque diferentes, conforman una estructura de coherencia y están relacionados y alineados entre sí. Es más, conforman un sistema donde los cambios en cada uno de ellos suelen traducirse en cambios en los otros dos.

Podemos señalar, por lo tanto, que sobre el piso que nos proporciona la biología se levantan estos tres dominios fenoménicos emergentes: corporalidad, emocionalidad y lenguaje. Son parte de lo que hemos llamado la estructura de lo posible. Pero se encuentran al interior de un espacio acotado tanto por abajo como por arriba. ¿Qué es aquello que los acota por arriba? Nuestra respuesta: la ética. El actuar humano no sólo está limitado por las restricciones que nos impone nuestra biología, sino de igual forma por las restricciones éticas que nos autoimponemos.

El actuar humano, a diferencia del comportamiento animal, es un actuar éticamente delimitado. Esto no es algo que, al interior de una interacción de coaching, caracterice sólo el actuar que nos expone el coachee; es también un límite que fija restricciones a la propia práctica del coaching y, por lo tanto, a las acciones que realiza el coach ontológico. Por lo tanto, una pregunta fundamental que cabe plantearse es ¿cuáles son las restricciones éticas que el coach ontológico requiere autoimponerse? Sobre ello volveremos más adelante.

20. La estructura de lo posible

El dominio de la ética representa el techo de la estructura de lo posible en el actuar de los seres humanos. Sin embargo, este techo posee un carácter diferente del que caracteriza a la biología. Si bien los seres humanos nos encontramos biológicamente equipados de una determinada manera, disponiendo de un ámbito relativamente restringido de intervención para alterar este condicionamiento, el dominio de la ética representa por entero una construcción humana y, por lo tanto, a la vez que condiciona nuestro actuar, es el resultado de nuestro propio accionar. En consecuencia, la relación que mantenemos con el dominio de la ética es muy diferente de la que mantenemos con el dominio de lo biológico.

Uno de los postulados fundamentales -y quizás más controvertidos- de Spinoza es precisamente aquél que reposiciona el dominio de lo ético, haciéndolo descender del plano de lo trascendente en que lo había situado originalmente la metafísica, por sobre los seres humanos, para resituarlo en el dominio de lo humano. Spinoza nos plantea:

“No nos esforzamos por nada, ni queremos, apetecemos o deseamos porque juzguemos que algo es bueno, sino que, por el contrario, juzgamos que algo es bueno porque nos esforzamos por ello, lo queremos, apetecemos y deseamos. ” (E, III, 2, Esc. y 9, Esc.).

El carácter trascendente de la ética, que no puede ser desconocido pues nos impulsa a elevarnos sobre nosotros mismos, opera, de acuerdo al postulado de Spinoza, dentro de la esfera de lo humano.

Esto nos muestra que cuando examinamos la relación entre la ética y la propuesta ontológica no se trata de comparar a esta última con una ética consolidada, ya constituida. La tarea es más compleja pues la propuesta ontológica requiere reinterpretar el propio carácter de la ética. Ésta deja de ser un parámetro de comparación externo a la propuesta ontológica y se convierte en parte de ella.

Aun cuando no somos responsables de nuestro equipamiento biológico específico, sí lo somos de la estructura valórica que define la ética a la que nos sometemos. Por otro lado, mientras en buena medida estamos obligados a someternos al condicionamiento biológico, podemos intervenir para transformar la estructura valórica que nos constituye. Los valores son generados por los propios seres humanos y éstos poseen la capacidad de evaluarlos y modificarlos. Consciente de esto, Nietzsche nos convoca precisamente a acometer tal evaluación y a avanzar hacia una profunda transformación de nuestros valores.

21. El rango de la transformación

Hay una segunda interrogante sobre el carácter de la transformación que muchas veces se nos plantea con respecto al alcance del coaching ontológico. Ya tenemos claro que el coaching ontológico es una práctica abierta a la posibilidad de cambio, que opera no sólo al interior del ser que somos sino que en un sentido literal transforma el ser que hasta ahora hemos sido. El ser que cada uno es ha estado, en rigor, transformándose desde el momento mismo de nuestro nacimiento -algunos podrán sostener que incluso antes del nacimiento. La transformación del ser no es, por lo tanto, algo privativo del coaching ontológico. Pero tal transformación tiene un carácter progresivo y, por lo general, es puntual y acumulativa. Lo propio del coaching ontológico es el hecho de que establece un punto de inflexión en ese desarrollo progresivo de nuestro ser. A partir de esa experiencia, entramos en un espacio de ser diferente que de una u otra forma implica una ruptura, un cambio cualitativo respecto del ser que veníamos siendo. De una u otra forma, marca un antes y un después.

¿Cuán profundo es ese cambio? ¿Cuán radical es esa ruptura? ¿Cuán diferente devenimos como resultado de la acción de coaching? Estas preguntas no son fáciles de responder. En parte, por cuanto lo que conservamos de nuestra forma de ser previa es masivo. Evidentemente no emergemos de una interacción profunda de coaching completamente distintos. Preservamos muchos rasgos de nuestra forma de ser anterior. Quienes nos conocían de antes, seguirán reconociéndonos, pero percibirán que algo importante que nos caracterizaba previamente ha experimentado un desplazamiento significativo. Verán en nosotros respuestas, reacciones emocionales, en una palabra, comportamientos, que no son los que estaban habituados a esperar.

¿Dónde está entonces la radicalidad? Precisamente en el hecho de que algunos rasgos que posiblemente predominaban en nuestra forma de ser y que representaban un aspecto que nos era propio ya no tienen la presencia que solían tener. Esto puede ser expresado de otra manera. Aunque mucho de los contenidos que caracterizaban nuestra manera de ser todavía se conservan, hay ciertos elementos que pertenecían, ya sea en el núcleo de nuestra alma (forma de ser), o que representaban uno de sus límites más marcados, que han sido alterados y son estos elementos los que ahora se exhiben de manera radicalmente distinta, ofreciendo, tanto para los demás como para nosotros mismos, la sensación de que nuestro ser es diferente. Y así como una interacción de coaching tiene este potencial, una secuencia de interacciones equivalentes podrá producir cambios en otros ámbitos de nuestra existencia, profundizando aún más el proceso de transformación inicial.

Podemos expresar lo anterior acudiendo a la terminología del enfoque sistémico. Éste nos muestra que las transformaciones no siempre ocurren linealmente. Ello implica que los resultados no son siempre proporcionales a las causas que los generan. Muchas veces hacemos inmensos esfuerzos por lograr cambios que no se producen; otras veces hacemos un pequeño cambio y se generan resultados que se expresan en cambios cualitativos. Esas situaciones son denominadas “transiciones de fase” por el enfoque sistémico. La propuesta de la ontología del lenguaje es una propuesta sistémica, como lo es también la práctica del coaching ontológico.

Desde esa perspectiva, el coaching ontológico se concentra muchas veces en intervenir en aquellos aspectos del alma humana susceptibles de producir precisamente transiciones de fase. Busca alterar algunas dimensiones nuestras que producen, no sólo un cambio al interior del ser que somos, sino una transformación cualitativa de ese mismo ser. Se trata de una práctica de la que emerge una forma de ser distinta. Se produce, en pocas palabras, una transformación ontológica.

Consideremos algunos ejemplos. El que una determinada persona a veces aprenda a decir que no, a hacer peticiones, a escuchar a los demás en forma distinta, a fundar de manera efectiva los juicios a partir de los cuales conduce su existencia, a modificar el peso que en ella tienen ciertas emociones, a alterar una determinada interpretación sobre los demás, sobre sí misma o sobre sus experiencias pasadas, todos esos aprendizajes, siendo puntuales, suelen traducirse en transiciones de fase, en transformaciones cualitativas del ser que hasta entonces esa persona había sido. Salimos de ellas sabiéndonos otro. Ello no impide que muchas cosas que antes nos acompañaban sigan haciéndolo.