27. El coach ontolуgico como partero del devenir del alma humana

Sin embargo, hay otros aspectos asociados a la práctica del coaching ontológico que es necesario destacar. Uno de ellos se vincula con la perspectiva de la transformación. Por un lado, el coachee vive la situación que lo afecta y que lo induce a solicitar coaching como un estancamiento en el devenir y la transformación de su ser. Aspira a salir de algo que lo afecta y no sabe cómo hacerlo. Se siente atrapado, cautivo de esa situación. No logra trascenderla, superarla. Lo que el coach ontológico acomete es restablecer su capacidad de fluir, desplazarse, recuperar su capacidad de transformación para poder superar la situación en la que el coachee se siente atrapado.

Es muy interesante detenerse por un momento en este aspecto. Muchas veces pensamos que el ser que somos vive en el presente. Y sin duda ello es válido. Lo que no somos en el presente, no lo somos. Pero los seres humanos, tal como lo hemos planteado, vivimos no sólo en el presente sino en toda la estructura de la temporalidad. Somos también lo que quisimos ser y no fuimos. Ello es parte de nosotros en el presente. De la misma forma, somos lo que aspiramos a ser y aún no alcanzamos. Somos nuestros sueños de un futuro diferente. Y ello también vive en el presente. Esto apunta a un aspecto determinante de la existencia humana. De alguna manera, el ser que somos se nos adelanta y se proyecta hacia el futuro, iluminando un camino. Cuando se nos clausura la posibilidad de proyectar en el futuro un ser diferente del que hoy somos, el sentido de la vida se nos diluye y emerge a menudo el espectro del suicidio.

Para conferirle sentido a nuestra existencia debemos ser capaces de proyectar el ser que somos por la senda transformadora del futuro. Es lo que Spinoza llama la perseverancia en el ser. El ser que somos persevera en lograr en el tiempo grados mayores de plenitud. No sólo somos el ser que hemos llegado a ser. También somos ese ser que aspiramos ser. Nuestro ser se proyecta en el devenir. Somos un ser que nos invita a devenir distintos, a transformarnos, a ser mejores. Una de las consignas que nos entrega Nietzsche es precisamente ésta: “deviene quien eres”. Deviene el llamado de ese ser que te convoca desde el futuro.

La búsqueda de una mayor plenitud del ser está asociada a ese sentido de liberación de un presente que sentimos que nos tiene cautivos, a ese profundo sentido de una tierra prometida, en la que atenuaremos o eliminaremos el sufrimiento que hoy padecemos. Esto nos relaciona con dos aspectos a los que apuntábamos al inicio de este ensayo: la disolución de sufrimiento innecesario y la recuperación de una capacidad de acción que sentíamos menoscabada, a la que no lográbamos acceder. El coaching ontológico apunta a recuperar nuestra voluntad de poder, a expandir nuestra capacidad de acción.

Y así como nos ayuda a limpiar resentimientos que arrastramos del pasado, generando en nosotros una mayor liviandad e inocencia, el coaching ontológico también restituye la ambición y disuelve resignaciones. Todo ello contribuye a la disolución de nuestro espíritu de la gravedad. Como resultado del coaching ontológico, el alma deviene ligera. Dicho en términos emocionales, el alma se ilumina y se produce un desplazamiento de emocionalidades negativas, oscuras y pesadas a emocionalidades positivas.

28. El coaching ontológico como depuración de los resabios metafísicos del nuestro sentido común

La práctica del coaching ontológico puede ser vista desde otra perspectiva. Hemos reiterado que ella se sustenta en el discurso de la ontología del lenguaje y que ésta a su vez entra en oposición con las premisas del programa metafísico. ¿Se expresa acaso esta oposición en la propia práctica del coaching ontológico? Sostenemos que sí. El programa metafísico representa no sólo una particular interpretación sobre el carácter de la realidad, involucra simultáneamente una determinada ética de la vida. No olvidemos que el programa metafísico nace ligado al esfuerzo realizado por Sócrates por establecer las bases del “bien vivir”. Es luego de Sócrates que Platón y Aristóteles deducen de las premisas establecidas por aquel una determinada interpretación de la realidad que es coherente con tales premisas.

Cuando examinamos, no tanto los planteamientos de Sócrates, sino su particular “quehacer”, constatamos que éste se dirige a instituir en el sentido común de sus interlocutores, los ciudadanos de Atenas, la noción de “ser” planteada previamente por Parménides y la noción de verdad que se deduce de aquella. Como sucedía con el “ser”, la verdad está por sobre los seres humanos y rige sobre ellos. La verdad no es sólo eterna e inmutable, es también una. Es un trono ocupado por una sola idea, que excluye a todas las que no coinciden con ella. El coaching ontológico opera desde un lugar muy diferente. Rechaza la idea de la verdad única propuesta por la metafísica, sustituyéndola por la noción de interpretación. Ello implica un cambio radical. Las interpretaciones pueden ser múltiples, pueden convivir con otras diferentes, pues se saben siempre precarias, provisorias y limitadas.

Las interpretaciones no alcanzan nunca la verdad a la que se refiere la metafísica. Es más, las interpretaciones no se imponen por sobre los seres humanos, son producidas por ellos. El coaching ontológico se reconoce a sí mismo como una práctica de intercambio de interpretaciones que no se devoran necesariamente unas a otras, que nunca están seguras de sí mismas.

El coach ontológico no brinda su interpretación como quien ofrece la verdad, sino tan sólo como un umbral de posibilidades de sentido que habilita y frena determinadas acciones y resultados.

La interacción de coaching ontológico se realiza, por lo tanto, desde un lugar muy distinto del que suele situarnos la metafísica. Pero esta situación también suele afectar al coachee. Muchas veces descubrimos que los problemas que éste refiere y sobre los cuales pide ayuda surgen del hecho de que, desde su sentido común, se imponen en él determinados “resabios metafísicos”.

Los diálogos socráticos buscaban introducir en sus conciudadanos la semilla metafísica. Su esfuerzo terminó por ser históricamente exitoso y conquistó el sentido común de los hombres y mujeres occidentales. Como ya se dijo, sin saberlo, devinimos metafísicos. Una de las tareas frecuentes que realiza el coaching ontológico consiste en intentar deshacer lo que en su momento Sócrates realizara, en extraer de nuestro sentido común esas semillas metafísicas, esos absolutismos que todavía rigen nuestro sentido común y que dificultan nuestra existencia.

La noción metafísica de verdad sirve de pilar de la ética socrática de la existencia y, según el propio Sócrates, sustenta otras dos nociones claves: la bondad y la belleza. Lo verdadero es simultáneamente bueno y bello. Aprender el arte del “bien vivir” implica, por lo tanto, orientar la vida no sólo en la búsqueda de la verdad, sino también de la bondad que la acompaña. Esto último introduce en la perspectiva socrática una mirada que tiende a despreciar todo lo que los seres humanos exhiben de sombrío. En este aspecto, el socratismo exhibe una interesante convergencia con el cristianismo y su ideal de santidad. El cristianismo busca resolver este problema externalizando el mal, proyectándolo fuera del alma humana y encarnándolo en la figura del diablo. Si el mal se apodera de nosotros, se nos señala, ese mal no proviene necesariamente de nosotros, sino del hecho que nuestra alma fue poseída por el diablo.

Nietzsche nos ofrece una mirada radicalmente diferente. En vez de postular que el alma es una y homogénea, nos sugiere la idea de que es múltiple y contradictoria. El alma humana tiene aspectos tanto luminosos como sombríos y, si deseamos aprender a vivir bien, es esencial reconocer nuestros lados sombríos. Reconocerlos no implica permitir que ellos guíen nuestra existencia. El alma requiere de un orden y todo orden, como lo hemos planteado, debe necesariamente excluir y subordinar. Sócrates, según Nietzsche, vivió acosado por sus propios aspectos sombríos y dándoles permanentemente la espalda. Su filosofía implica una suerte de negación de sí mismo, un intento tan vano como desesperado por curar su alma de sus dimensiones sombrías de las que él arrancaba. Su filosofía termina siendo, por lo tanto, un producto aberrante de negación de sí mismo y, en último término, de oposición a la vida, a la existencia tal como nos es dada.

Aquel que lucha contra sus propios monstruos, nos dice Nietzsche, corre el riesgo de convertirse en uno. Abundan en la actualidad ejemplos de personas que por imponerse a la fuerza un supuesto camino de santidad y por darle la espalda a sus respectivas sombras, terminan realizando increíbles aberraciones. Ha sido el caso reciente de varios sacerdotes de la Iglesia Católica. Lo importante a este respecto no es sólo el enjuiciamiento moral de estas situaciones sino poder indagar en ellas y preguntarnos por las condiciones que conducen a tales comportamientos cuestionables. Mientras no entendamos la raíz de problema, no estaremos en condiciones de corregirlo.

Cuando nuestros ideales contravienen las condiciones de facticidad de la existencia, reducimos la existencia a una sola dimensión y hacemos que esos ideales mantengan apresada nuestra alma. Quedamos mucho más expuestos a aquello que precisamente queremos evitar. Nietzsche invoca como ideal lo que denomina “los seres humanos del mediodía”. ¿Qué significa esta expresión? El mediodía es el momento del día en el que nuestra sombra es más corta. Nuestra alma no podrá nunca dejar de tener sombra. Pero es necesario, en su opinión, asumir esa sombra, reconocerla para así reducir su tamaño y parte de su oscuridad.

Existe otra forma, según el mismo Nietzsche, en la que Sócrates reduce el alma y la existencia humana a una sola dimensión. Ella guarda relación con el papel que Sócrates le confiere a la razón y el profundo desprecio que manifiesta por el dominio emocional y corporal. Para la metafísica, como ya se dijo, lo emocional y lo corporal no son atributos de nuestra humanidad sino de nuestra animalidad. Por lo tanto, nos invita nuevamente a darles la espalda. Uno de los aspectos característicos del coaching ontológico consiste en revertir esta perspectiva y conferirles a estos dos ámbitos -lo emocional y lo corporal- plena carta de ciudadanía en el devenir de nuestra existencia.

29. El carácter amoral de la práctica del coaching ontológico: el coach como espejo del coachee

Aun cuando la práctica del coaching ontológico está situada de lleno en el plano de la ética, exhibe, sin embargo, un rasgo interesante. Se trata simultáneamente de una práctica amoral. Entendemos por moral la especificación concreta de un marco ético con respecto a un individuo particular. La ética guarda relación con principios generales sobre los cuales todos podemos debatir. La moral está referida a los principios que yo declaro válidos y que utilizo para orientar mi existencia y guiar mi comportamiento. De aceptarse esta distinción, todo lo que hemos dicho nos muestra el carácter marcadamente ético del coaching ontológico. Pero para servir esta misma dimensión ética, el coach ontológico debe dejar a un lado sus valores personales, sus creencias particulares, sus preferencias individuales. De lo contrario, atentará contra el derecho del coachee a definir su propia existencia en forma autónoma.

El coaching ontológico le exige, por lo tanto, al coach un acto de “desprendimiento” de sí mismo. Para entrar en la interacción, el coach debe, de alguna manera, dejar de ser él mismo. Su vida, sus valores, sus problemas, sus prioridades y preferencias, no tienen cabida en la interacción de coaching. Lo que él haría en caso de enfrentar la situación que le plantea el coachee es completamente irrelevante y sólo interfiere en el logro de los resultados que el coachee busca y que de él se esperan. El coachee no le está preguntando qué haría él (el coach) si estuviera en su lugar. Lo que le pide es qué debería hacer él (el coachee) dado quien es y dado lo que busca en la vida.

¿Implica lo anterior que el coach desaparece de la interacción? Difícilmente, pues ello, por lo demás, sería imposible. Es más, basta observar una interacción de coaching ontológico para constatar la presencia activa del coach. ¿Cómo conciliar entonces ambas cosas? Es una pregunta interesante. El coach está presente, pero como encarnación de un particular discurso sobre el fenómeno humano y de la práctica que de dicho discurso se desprende.

Evidentemente no puede prescindir de ser quien es, pero en su disposición hay un esfuerzo explícito por impedir que sus opciones particulares pasen a ocupar un lugar protagónico.

Lo que el coachee debe ser capaz de escuchar cuando el coach interviene en la interacción no es, en rigor, la voz del coach que nace de sus experiencias concretas y de sus preferencias, sino una voz que pareciera provenir desde el interior de sí mismo, desde las profundidades del alma del propio coachee. Lograr esto no es fácil y se aprende a partir de la propia práctica de coaching. Pero es necesario mostrarlo para que un coach en formación aspire a alcanzar ese nivel de competencia. Cuando el coachee mira al coach que tiene en frente, si la interacción está siendo exitosa, en rigor no ve al coach. En la persona del coach debe ser capaz de verse a sí mismo. El coach ontológico debe aspirar a convertirse en un espejo para el coachee. Éste es uno de los secretos más importantes de la práctica del coaching ontológico.

30. Desde el «claro” ontológico

¿Cómo lograr lo anterior? ¿Cuáles son los elementos que deben estar presentes en la interacción de coaching ontológico para generar estos resultados? En otras palabras, ¿cuál es la plataforma ética específica de la interacción del coaching ontológico? Ella está conformada por muy diversos elementos.

El primero, pero de ninguna forma el único, apunta a la importancia de que el coach ontológico se sitúe efectivamente dentro de lo que llamamos “el claro ontológico”. La noción de claro la hemos desarrollado en otros trabajos[1]. Apunta a los presupuestos que acompañan a un determinado discurso para, desde él, observar la realidad, generar determinadas interpretaciones y reconocer en ella posibilidades de acción que, de lo contrario, simplemente no seremos capaces de ver.

Ello nos lleva a reiterar una idea en la hemos insistido ya varias veces: el estrecho vínculo que existe entre el discurso de la ontología del lenguaje y la práctica del coaching ontológico. Éste es un aspecto no siempre adecuadamente reconocido. Muchas veces se tiene la impresión de que el discurso de la ontología del lenguaje es un complemento de la práctica del coaching ontológico. O bien, que los desarrollos discursivos son tan sólo “incursiones teóricas”, de escasos efectos prácticos. Rechazamos tajantemente esa posición. Los ojos de la práctica los proporciona el discurso y si el discurso es pobre, la práctica que de él se deriva lo será también, inevitablemente.

El alcance de la práctica del coaching ontológico reside en el discurso en la que ésta se inspira, de su rigor, de su profundidad, de su coherencia. Cada uno de estos tres términos ameritaría un desarrollo propio. Un discurso que no es riguroso, que es superficial y que integra cualquier cosa sin cuidar su coherencia, es, en definitiva, un discurso débil. Ello implica que uno de los caminos clave (no el único) para desarrollar la práctica del coaching ontológico es el desarrollo del discurso de la ontología del lenguaje.