40. ¿Qué define realmente al coaching ontológico? Un debate

Cabe preguntarse, ¿cuál es el rasgo básico que define al coaching ontológico? Es una pregunta que se hacen muchos de nuestros alumnos y a la que responden de distintas maneras. Básicamente, hemos detectado tres tipos de respuestas.

Para unos, la respuesta apunta a la relación que existe entre la práctica del coaching ontológico y el discurso de la ontología del lenguaje. El coaching ontológico se distinguiría de otras modalidades de coaching por el hecho de que se vale de las distinciones e interpretaciones que brinda la ontología del lenguaje. Lo “ontológico”, por lo tanto, sería un rasgo conferido por la esfera discursiva y el énfasis para caracterizar el coaching ontológico estaría colocado en su sustento teórico. A nuestro modo de ver, esto genera una concepción distorsionada que peca por su “intelectualismo”.

Para otros, lo central en el coaching ontológico es la conexión emocional y corporal, y el despliegue, dentro de esa conexión, del poder de la intuición. Esa opción tiene múltiples variantes, desde aquellos que definen la práctica del coaching como algo mágico o sagrado, profundamente misterioso y cuyo misterio no es posible dilucidar del todo, hasta otros algo más laicos y menos inspirados, que afirman que el secreto del coaching remite sólo a los factores emocionales y corporales de conexión. Si bien postulamos el carácter misterioso del alma humana, rechazamos la idea de que el proceso de coaching ontológico lo sea. De esta postura se genera una distorsión que podríamos califi car como de “emocionalismo” o de “intuicionalismo”, según el énfasis que se le confi era a la emoción o a la intuición.

Por último, hay un tercer grupo que defi ne el rasgo constitutivo del coaching ontológico de acuerdo a determinadas metodologías de intervención que, en efecto, son utilizadas en esta práctica. Lo que defi ne el coaching ontológico es, para ellos, la sujeción a las fases del proceso, a la utilización de determinados procedimientos y a la aplicación de aquellos “mapas” de los que frecuentemente hace uso el coach ontológico. Ellos representan la variante “formalista” dentro del espectro de interpretaciones que se ofrecen sobre esta práctica. Lo importante para ellos es la “forma” que asume la interacción. Cuando no se siguen las fases del proceso, argumentan, no hay coaching ontológico.


¿Quién tiene la razón? A nuestro modo de ver, ninguno. Todos, sin embargo, poseen en sus posiciones algún grado de acierto. El rasgo que escogen para definir lo “constitutivo” del coaching es, en efecto, un aspecto destacado de esta práctica. Pero cada una de esas variantes hace de aquel rasgo que seleccionan y privilegian un rasgo exclusivo y excluyente de los demás. Al proceder así, sus posiciones se convierten en desviaciones de algo que nos parece central.

Para entender lo anterior es preciso desplazarse de esa mirada exclusiva y excluyente y adoptar una visión convergente. No se trata de optar por un determinado rasgo en desmedro de otro. Cada uno de ellos hace un aporte innegable. El problema no reside en los rasgos que se seleccionan sino en cómo se relacionan con los demás.

¿Implica eso que no existe un rasgo definitorio? En ningún caso. Pienso que es posible encontrar un rasgo que sea distintivo de toda interacción de coaching ontológico, pero éste no pertenece a los elementos que caracterizan al proceso de la interacción, sino que reside en los resultados. Desde nuestra perspectiva, hay coaching ontológico cuando a partir de un determinado proceso interactivo y en razón de él se genera el fenómeno que hemos caracterizado como “desplazamiento ontológico”, que implica un cambio cualitativo en la forma de ser del coachee o lo que hemos llamado un “aprendizaje transformacional”. Utilizando el lenguaje sistémico, se produce una “transición de fase” en el dominio ontológico o del ser.

Si el resultado es lo que define el carácter de la interacción, determinando si fue o no coaching ontológico, surgen varias situaciones que debemos asumir. Ello nos obliga a separar el resultado del proceso de la interacción. No es el carácter de la interacción sino el resultado de ésta lo que define el coaching ontológico. Y, por lo tanto, sin importar demasiado cómo haya sido la interacción, si el resultado es el que hemos señalado, entonces se habrá producido coaching ontológico.

Dicho esto, es preciso hacer dos acotaciones. La primera es que si bien esto no descarta que procesos diferentes de los que hemos descrito generen resultados de coaching ontológico, la expectativa de obtener esos resultados es extremadamente baja en relación a la de lograrlos siguiendo los procesos que hemos propuesto, procesos en los que la dimensión discursiva, la conexión emocional y corporal, y la presencia en el trasfondo de fases, procedimientos y mapas están presentes.

Pero la segunda acotación está relacionada con el reconocimiento de que cuando ello se produce, independientemente de los rasgos del proceso, tales situaciones encierran grandes oportunidades de aprendizaje que pueden enriquecer inmensamente la práctica del coaching. Cuando encaramos situaciones como éstas, el coach tiene la obligación de preguntarse: ¿qué fue aquello que hice o que no hice que generó este resultado? ¿Cómo se llegó a él? ¿Cómo puedo enriquecer mis interacciones futuras de coaching a partir de esta experiencia? Esto último reviste, a nuestro parecer, la mayor importancia pues apunta a una de nuestras fuentes más destacadas de aprendizaje. Ha sido precisamente evaluando resultados insatisfactorios que hemos identificado los factores que los corrigen y que permiten generar los resultados que buscamos. Es la propia experiencia la que en múltiples ocasiones nos ha guiado y se ha convertido posteriormente en teoría.

Un interesante dilema surge de la pregunta ¿quién determina si el resultado alcanzado puede o no ser definido como de coaching ontológico? ¿El coachee? ¿El coach? ¿Terceros? ¿Quién tiene verdaderamente la última palabra? Nuestra respuesta es categórica. En rigor, ninguno. Se trata de observadores distintos y ninguno de ellos puede imponerse del todo sobre los demás. Cuando coinciden, claro está, sentimos que el piso de que disponemos es más sólido. Pero nunca es descartable que surja un tercero que lo cuestione. El coaching ontológico, por lo tanto, se constituye como un juicio que no es verdadero o falso, sino que posee más o menos fundamento y que logra más o menos niveles de consenso. Esto no es algo que podamos resolver de manera absoluta y para siempre. Y con esa realidad tenemos que aprender a vivir.

¿Pero qué sucede cuando, por ejemplo, el coachee y el coach discrepan en cuanto al juicio que tienen sobre el resultado? Personalmente, aplico una norma que me ha sido útil para dilucidar esta situación. Si el coachee sostiene que no hubo un desplazamiento ontológico, le confiero autoridad al coachee y acepto que eso es así. Sin embargo, cuando, por el contrario, el coachee sostiene que sí hubo coaching ontológico, no siempre le confiero autoridad a su juicio. Y esto por una razón muy simple. El coachee (al igual que otros observadores de la interacción) muchas veces no sabe ni tiene los estándares suficientes para determinar si ese desplazamiento fue suficientemente profundo como para considerarlo un desplazamiento ontológico. El coach suele operar con estándares mucho más elevados que los que posee el coachee. Me sucede a veces que salgo de una determinada interacción muy insatisfecho a pesar de que el coachee se manifiesta muy satisfecho.

Volvamos al tema inicial de esta sección. Desde nuestra perspectiva, el coaching ontológico se constituye en el resultado que emerge de una interacción, a partir de una dinámica en la que se integran muchos aspectos que contribuyen a que ese resultado se produzca. Dicho de otra manera, estos distintos aspectos -entre los que incluimos el poder del discurso de la ontología del lenguaje, la importancia de la conexión emocional y corporal, el poder de la intuición del coach, su capacidad de escucha y el apoyo que éste encuentra en la articulación del proceso de interacción en su diferentes fases- no son excluyentes entre sí, sino que convergen en esta dinámica para producir, como fenómeno emergente, el resultado que llamamos “coaching ontológico”.

Todos esos factores juegan un papel destacado en la obtención de ese resultado. Lo que realmente importa, a fi n de cuentas, es que como producto de esa interacción se genera un desplazamiento en la forma de ser del coachee. Sin embargo, es preciso hacer un último alcance. Esa variación, ese desplazamiento, lo llamamos un delta positivo del ser. No toda variación califi ca. En primer lugar, por cuanto, como se vio, ella debe ser evaluada como un cambio cualitativo, como una transición de fase. Pero también, por cuanto esa transformación debe ser considerada por el coachee como una expansión del ser que originalmente era, como un desplazamiento hacia una mayor plenitud de su ser, como una apertura de posibilidades y no como una restricción de su ser o un angostamiento de su umbral de posibilidades. La variación producida debe ser en una dirección positiva.

41. El coaching ontológico como práctica en un espacio privado

Existe un último aspecto que nos parece necesario abordar y que está relacionado con la ética del coaching ontológico que caracteriza a nuestra escuela. Esto es clave pues da cuenta de una dimensión que está inserta en nuestro propio desarrollo hacia un perfeccionamiento ético de esta práctica. Nosotros mismos provenimos de una escuela que privilegiaba, aunque no de manera exclusiva, una práctica de coaching realizada frecuentemente en público, es más, donde el ejercicio del coaching era uno de los rasgos distintivos de los eventos públicos que realizábamos.

Muy pronto comencé a observar que esas prácticas de coaching en público generaban ciertas distorsiones y tenían efectos éticos de los que era necesario hacerse cargo. Partamos por reconocer que no toda interacción de coaching es siempre exitosa, así como hemos reconocido que a veces cometemos errores. Pues bien, tanto en uno como en otro caso, la presencia del público ejercía en el coach una presión inevitable para mostrar como exitoso lo que no lo era o presentar como aciertos los errores. Ello, en desmedro del cuidado que el coach está obligado a garantizarle al coachee.

La interacción de coaching realizada en público buscaba satisfacer simultáneamente a dos agentes. Por un lado, al coachee, actor obligado de toda interacción de coaching, y, por otro, al público, frente al cual el coach se veía presionado por ofrecerle una suerte de espectáculo que era esperado, muchas veces no sin cierta morbosidad. Ello nos condujo a realizar un importante ajuste. De realizarse, el coaching ontológico no podía tener sino una sola lealtad: atender al coachee. Cualquier otra interferencia debía ser, en lo posible, eliminada. El énfasis quedaba ahora puesto exclusivamente en el aprendizaje de los participantes.

Todo ello nos llevó a desarrollar un concepto al que le conferimos una gran importancia en el ámbito de la ética del coaching ontológico: “la burbuja”. La interacción de coaching requería ser una interacción protegida y ese espacio protegido, que llamamos “burbuja”, había que diseñarlo. El objetivo era garantizarle al coachee las mayores condiciones de seguridad, privacidad y comodidad, para no exponerlo y cuidar su dignidad personal.

El coaching ontológico dejaba de realizarse en público y pasaba a constituirse en el espacio privado que juntos conformaban el coachee, el coach y, eventualmente, algunos observadores, convocados sólo en práctica de aprendizaje, que se comprometían de antemano con la privacidad de la interacción y la estricta confidencialidad de lo que en ella aconteciera. Todo lo anterior, con la anuencia del coachee. La burbuja, por lo tanto, representa un componente fundamental y distintivo de la ética de la práctica de coaching de nuestra escuela. Una vez concluida la interacción, dentro de esa misma burbuja y como parte del proceso, realizamos normalmente una severa y rigurosa evaluación, con especial énfasis en las áreas de aprendizaje que surgen para futuras interacciones.

42. El privilegio de devenir un coach ontológico

Quisiera cerrar este escrito con una reflexión muy personal. Convertirse en un coach ontológico implica grandes responsabilidades y ello nos exige estar a la altura de las circunstancias. Es un oficio para personas de temple y no para quienes quieren evitar situaciones muchas veces difíciles y complejas. Sin embargo, creo que se trata de una de las opciones de desempeño más gratificantes para conducir nuestra existencia. Ser un coach ontológico es un privilegio y esto es un sentimiento por lo general compartido por los coaches ontológicos.

Pocas opciones de vida son capaces de proporcionarnos el profundo sentido de vida que este oficio nos ofrece. Contribuir a ayudar a los demás en la consecución de los procesos de transformación a los que aspiran, en la realización de sus más altos ideales, en el camino de ser distintos y mejores, es algo que difícilmente encontramos en otros quehaceres. El coach ontológico está comprometido con el bienestar y la felicidad de los demás. Se sabe contribuyente al diseño de mejores relaciones personales y modalidades de convivencia más plenas, mas armónicas, más satisfactorias para el conjunto de las personas que participan en ellas.

Ser un coach ontológico es también un reto personal, un desafío que nos obliga a colocar todo de nuestra parte para ser mejores personas en el futuro. No sólo nos preocupamos de los demás, también nos obliga a preocuparnos muy seria y responsablemente de nosotros mismos. Es, por lo tanto, un campo de emprendimiento, que busca plasmar, como obras, otras almas más plenas. Es también un campo de aprendizaje personal, de desarrollo de nuestra propia alma, posiblemente sin parangón.

Un amigo me dijo una vez: “Me resisto a enviar a tus programas a las personas que trabajan conmigo”. “¿Por qué?”, le pregunté, algo sorprendido. Él mismo había participado con gran entusiasmo en varios de nuestros programas y los conocía muy bien. “Porque luego que pasen por ellos, me temo que querrán convertirse en coaches ontológicos. Es lo que observo que sucede con tantos de tus participantes. Y yo no necesito sólo coaches ontológicos en mi empresa. Necesito gerentes, contadores, ingenieros, vendedores.” En un primer momento, sentí que no tenía cómo responderle. De alguna manera, algo de razón le otorgaba a lo que me decía. Pero luego recapacité y pensé que se equivocaba, que lo que me planteaba no era del todo cierto.

Desde el discurso de la ontología del lenguaje, es cierto, nace la práctica del coaching ontológico y ella constituye un oficio muy atractivo. Pero de ese mismo discurso nace también la posibilidad de reconstruir prácticamente cualquier otra práctica social. Gracias a él podemos también llegar a ser mejores médicos, mejores vendedores, mejores políticos, mejores gerentes, mejores profesores, mejores administradores públicos. Muchos de nuestros programas están orientados hacia esas áreas. El coaching es una de las herramientas que utilizamos para alcanzar las transformaciones que buscamos, pero nuestro objetivo primordial no es formar coaches ontológicos.

El discurso de la ontología del lenguaje no sólo conduce a la práctica del coaching ontológico. Tiene también el poder de redefinir múltiples caminos pues está comprometido con la existencia humana en toda su amplitud y diversidad. Por muy apasionante que sea, el coaching ontológico es tan sólo una de las opciones que este nuevo discurso es capaz de iluminar.

Obras del autor referidas en este libro

Rafael Echeverría, El búho de Minerva: Introducción a la filosofía moderna, JCSáez Editor, Santiago de Chile, 1990.

—- Ontología del lenguaje, JCSáez Editor, Santiago de Chile, 1994.

—- La empresa emergente, Granica, Buenos Aires, 2000.

—- Actos de lenguaje, Vol. I: La escucha, JCSáez Editor, Santiago de Chile, 2007.

—- Raíces de sentido: sobre egipcios, griegos judíos y cristianos, JCSáez Editor, Santiago de Chile, 2008.

—- Por la senda del pensar ontológico, JCSáez Editor, Santiago de Chile, 2008.

—- El observador y su mundo, dos volúmenes, JCSáez Editor, Santiago de Chile, 2009.

—- Escritos sobre aprendizaje. Recopilación. JCSáez Editor, Santiago de Chile, 2009.

—- Mi Nietzsche. La filosofía del devenir y el emprendimiento, JCSáez Editor, Santiago de Chile, 2010.

—- ¿Qué es el ser humano? Una mirada desde la ontología del lenguaje, DVD, Newfield Consulting, Santiago de Chile, 2010.