Al final todo va a acabar bien, y si no acaba bien, es que todavía no es el final.

El exótico Hotel Marigold

«No tengo fuerza de voluntad.» Esta es la frase con la que Miguel se justificaba cada vez que sucumbía a la comida rápida a la hora de la cena. Miguel trabaja en una empresa cuyas oficinas están en el centro de Barcelona, pero vive solo en un piso que se compró hace unos años en las afueras. Come cada día fuera de casa y normalmente lo hace con sus compañeros en un bar-restaurante de menús que hay cerca de su empresa. Su peso no le preocupa mucho, considera que no está mal para la edad que tiene, 39 años, pero acude a las sesiones de coaching nutricional porque quiere mejorar su alimentación y aunque lo ha intentado en varias ocasiones por sí solo, al final tira la toalla. Afirma que su principal problema es que no tiene fuerza de voluntad. Especialmente por las noches, al llegar a casa, normalmente cansado, todavía con varios temas profesionales dándole vueltas en la cabeza, le cuesta mucho ponerse a cocinar. Entonces opta por coger cualquier cosa de la nevera: comida precocinada, algo de queso o embutido con pan, o en ocasiones hace una parada en el burger que está de camino, solucionando el tema de la cena con un menú completo y un postre para culminar.

Indagamos acerca de su habilidad en la cocina. Su técnica culinaria no es de chef, pero después de vivir solo durante tanto tiempo, ha aprendido a cocinar algunos platos con cierta dificultad de elaboración. Su especialidad es la fideuá, que normalmente se prepara los domingos, día en el que aprovecha para invitar a algún amigo o amiga a casa.

Él cree que no tiene fuerza de voluntad y esa creencia se afianza cada vez que prescinde de cocinarse algo saludable.

Tus creencias crean tu mundo y tu realidad. Son la manera como entiendes la vida. Le dan sentido a lo que haces, o más bien, sientan las normas acerca de lo que haces o dejas de hacer. También en relación con tu alimentación hay un conjunto de creencias, de dogmas, que de alguna manera te están condicionando. Algunas de esas creencias te influyen en positivo y otras en negativo, algunas son potenciadoras y otras limitadoras. Si tienes muchas creencias negativas, de las que te limitan, tenemos una buena noticia para ti: puedes cambiarlas por otras. Las creencias se pueden escoger.

Sí. Las creencias, son parte esencial de tu identidad, de lo que eres y quién eres, pero se pueden modificar, cambiar, cuestionar… en definitiva, tienes la capacidad de escoger aquello en lo que crees. El inconveniente es que cuando llegas a la edad adulta, llevas contigo una mochila de creencias que has ido acumulando a lo largo de tu vida. Algunas las aprendiste en el seno de tu familia porque tus padres te las dijeron, te enseñaron que las cosas eran así. Cuando eres un niño, tus padres te muestran la realidad tal y como ellos la entienden y tú haces tuya su manera de ver la vida. Otras de esas interpretaciones de la realidad las has adoptado de tus amigos. Algunas más las incorporaste a tu repertorio, fruto de tus experiencias. El resultado es un manual de instrucciones que usas para entender, dar sentido y tomar decisiones en tu vida.

Si, por ejemplo, crees que ganar dinero es lo más importante en tu vida, tus acciones van a ir encaminadas a acumular cuanta más riqueza mejor. Destinarás tu tiempo a trabajar, antepondrás tu carrera profesional a cualquier otra cuestión, y tu felicidad dependerá del número de ceros que tenga tu cuenta bancaria. Si, por el contrario, crees que disfrutar de tiempo libre para estar con tu familia es lo que te hace rico, tomarás decisiones que te permitan disponer de tu propia agenda.

A veces nos imponemos obligaciones y responsabilidades que nos hacen infelices. La vida se convierte en una pesada carga e intentamos aliviarla recurriendo a malos hábitos como comer en exceso.

En una escena de la película Up in the air, protagonizada por George Clooney, se utiliza una metáfora muy recurrente para expresar esta idea. Salvando las distancias con el personaje, puesto que interpreta a un ejecutivo sin escrúpulos, de una empresa de recursos humanos encargada de los despidos del personal de empresas en crisis que hacen reestructuración de plantilla, veamos lo que dice George Clooney en un momento de la película:

Sus vidas ¿cuánto pesan? Imaginen por un segundo que llevan una mochila. Quiero que noten las correas sobre sus hombros, ¿las notan? Ahora quiero que la llenen con todas las cosas que tienen en su vida. Empiecen por las que hay en los estantes y en los cajones… las tonterías que coleccionan. Noten cómo se acumula el peso. Ahora cosas más grandes. Ropa, pequeños electrodomésticos, lámparas, toallas… la tele. La mochila ya pesa. Ahora cosas más grandes: el sofá, la cama, una mesa… métanlo todo dentro. El coche, añádanlo, la casa, un estudio o un apartamento de dos dormitorios… Quiero que introduzcan todo eso dentro de la mochila. Intenten caminar. (murmullos) ¿Es difícil, no? Pues esto es lo que hacemos con nuestra vida a diario, nos vamos sobrecargando hasta que no podemos ni movernos, y, no se equivoquen, moverse es vivir. Ahora voy a prenderle a esa mochila fuego. ¿Qué quieren sacar? ¿Las fotos? Las fotos son para la gente que no pueden recordar, tomen ginseng y quémenlas. Es más, dejen que se queme todo e imagínense despertando mañana… sin nada. Resulta estimulante, ¿no es así?

No pretendemos que te deshagas de todas tus pertenencias, pero sí que mires en tu interior y que reflexiones acerca de las cosas que son importantes para ti. Tampoco nos toca a nosotros cuestionar cuál de las creencias es más acertada. Eso solo lo puedes hacer tú. Y para valorarlas debes tener en cuenta si tu mapa del mundo, el plano a través del cual interpretas tu realidad te hace feliz o no. Si te sientes atrapado en alguna de tus creencias, es hora de empezar a cuestionártelas. Porque, aunque parezca mentira, las creencias son ideas pero no necesariamente verdades. Si reflexionas un momento, seguro que puedes encontrar algo en lo que creías firmemente pero, en un momento dado, dejaste de hacerlo. ¿Qué es lo que sucedió? Hubo algo que te hizo cuestionar aquello en lo que creías y que hizo cambiar la configuración de tu mundo.

Por ejemplo, algo en lo que creemos firmemente cuando somos pequeños es en los Reyes Magos, o en Santa Claus o el Ratoncito Pérez. Cuando somos adolescentes creemos que nuestros padres no nos entienden y no se enteran de nada, todo lo que te dicen te parece inútil y sin sentido, y cuando te conviertes en uno de ellos te das cuenta de lo equivocado que estabas. Al llegar a la juventud, tu primera pareja es sin duda el amor de tu vida, pero al cabo del tiempo tu príncipe azul se convierte en sapo y tu princesa en rana. Ya de adulto, tienes la madurez suficiente para afirmar que pocas cosas tienen la certeza absoluta.

En la formación en coaching nutricional para profesionales de la nutrición, trabajamos el siguiente ejercicio para aprender a cuestionar las creencias. No tienen que ver directamente con la alimentación, pero trabajarlas sirve para tomar conciencia de cómo las creencias te condicionan y cómo tú tienes la

capacidad de cambiarlas. Esta misma estrategia puedes aplicarla a creencias que tengas, esta vez, específicamente sobre tu alimentación.

– Valora del 1 al 10 cuánto te identificas con cada una de estas afirmaciones (1, no me identifico nada – 10, me identifico totalmente). Al final puedes añadir otras frases (creencias) que no aparezcan en esta lista, pero que consideres que están saboteando tu vida o te limitan.

  • Si me muestro tal como soy, me vuelvo vulnerable.
  • Yo soy así, no puedo cambiar.
  • Soy una persona poco interesante.
  • Los otros son mejores que yo y pueden superar los obstáculos con más facilidad.
  • No soy capaz de conseguir mis objetivos en el plazo que me propongo.
  • He de ser el mejor de todos.
  • Si delego las cosas no saldrán bien y estarán fuera de mi control.
  • Si quieres que una tarea salga bien, hazla tú mismo.
  • Si mostrara mis verdaderos sentimientos, los otros podrían emitir juicios en contra.
  • Si cambio, los otros no lo entenderán.
  • Tengo que contar con la aprobación de las personas importantes de mi vida.
  • Cuanto más agradable sea, mejor se comportarán los demás conmigo.
  • Cuando me piden que haga algo por alguien, me cuesta decir no.

– Con las frases que hayas valorado con un 7 o más, reflexiona acerca de qué manera te está limitando. Aporta algún ejemplo concreto de alguna experiencia personal en la que esa creencia te haya limitado.

Por ejemplo:

«Si me muestro tal como soy, me vuelvo vulnerable».

Esta creencia me limita porque me convierte en una persona poco natural y espontánea. Me cuesta relacionarme con los demás y no disfruto de las relaciones sociales. Concretamente, el otro día participé en un grupo de trabajo y por miedo a que me juzgaran, no me mostré tal y como soy y perdí la oportunidad de entablar una mejor relación con los colegas asistentes.

  • A continuación vuelve a redactar la frase introduciendo algún matiz que te permita convertirla en menos limitante.

Por ejemplo:

«No siempre que me muestre como soy, los demás lo van a utilizar para atacarme».

«Puedo mostrarme como soy con las personas de mi entorno más cercano, y eso no me hace vulnerable.»

Ahora que ya sabes cuestionarte tus creencias piensa cuáles son las que tienes en relación con tu alimentación. Para poder superarlas, primero debes ser capaz de identificarlas. Por ejemplo: «Necesito comer platos abundantes para no pasar hambre, comer saludable es aburrido, no soy capaz de comer sano, mi sobrepeso es genético, mi colesterol es genético, etc.». ¿De qué manera te están limitando esas creencias?

Puedes dejar atrás esa creencia que te está limitando y que te impide avanzar hacia la persona que quieres ser. Por ejemplo, si estás pensando que tu sobrepeso te viene de familia y que no puedes hacer nada al respecto, es muy probable que esta creencia te limite evitando iniciar cualquier plan para perder peso, ya que no crees que valga la pena hacer nada. Para empezar a cuestionarte esta creencia puedes leer el apartado «¿Por dónde comenzamos», del capítulo 7, en el que verás que la herencia genética no lo es todo. Tu estilo de vida es más importante y además lo controlas tú.

La creencia te lleva a un callejón sin salida: «Mi sobrepeso es genético. No hay solución». Punto y final. En cambio, si empiezas a observar esa creencia desde este nuevo punto de vista, si empiezas a cuestionarla, estás abriendo una puerta, o una ventana, a nuevas posibilidades. Quizá estás pensando que no es fácil dejar de creer en algo en lo que has creído hasta este preciso momento. Cierto. No se puede cambiar una creencia con tal facilidad, pero sí puedes trabajar para empezar a cuestionártela. Se trata de encontrar pruebas que te permitan poner en duda esa creencia. Lo que piensas no es la verdad absoluta. Por ejemplo:

  • ¿Hay alguien en tu familia que no tenga sobrepeso?
  • ¿A lo largo de tu vida, has tenido alguna época en la que estabas en tu peso normal?
  • ¿Has notado algún cambio en tu peso, después de comer equilibradamente durante un tiempo?

Cualquiera de estas preguntas te puede hacer tomar conciencia de que, aunque puede ser cierto que tengas una predisposición genética al sobrepeso, no estás totalmente condicionado por ella. Puedes elegir hacer algo para vencer ese condicionamiento.

La creencia cambiaría de «Mi sobrepeso es genético. No hay solución» a otra que te abra a más posibilidades como «A pesar de que tengo una predisposición genética al sobrepeso, si me cuido y pongo de mi parte, puedo mejorar y mantener un peso correcto». De esta manera, vuelves a tomar el control de la situación. No hay nada peor para conseguir un objetivo que caer en el victimismo y la pasividad de la excusa.

Tus creencias negativas se convierten en excusas que te alejan de tu objetivo. No te juzgamos por el hecho de que te refugies en tus justificaciones. En algún momento de tu vida, esa excusa tuvo una función adaptativa desde el punto de vista psicológico. Es decir, la excusa te servía para no sentirte culpable acerca de algo que hiciste o que dejaste de hacer. Pero en este momento, esas excusas, esas justificaciones, han dejado de serte útiles. Cuando las repites constantemente, lo que te provocan ya no es el alivio del sentimiento de culpa, sino el malestar por la pérdida de confianza en ti mismo.

La excusa te lleva a un círculo vicioso del que solo puedes salir mal parado: Quiero lograr algo, me cuesta conseguirlo, busco excusas que me justifiquen el no hacerlo, no lo hago, me he traicionado, sé que me he traicionado, mi confianza disminuye.

Además, cada vez que te dejas vencer por una excusa, pagas un peaje muy caro, ya que tu nivel de confianza disminuye. La próxima vez que intentes conseguirlo, tu nivel de seguridad en ti mismo se habrá reducido.

Superar tus propios autoengaños solo tiene un camino, y es aceptar que tú eres el responsable y tienes el poder para vencerlos. Para ello debes reconocer que cuando eliges refugiarte en la excusa, le estás dando prioridad, estás eligiendo una cosa y renunciando a otra. No es la excusa la que tiene el poder, eres tú el que se lo estás dando. Esto lo trabajamos en el capítulo 3, en el que te ayudábamos a vencer la resistencia al cambio, ¿te acuerdas? Cuando dices: «Es que no he hecho la dieta porque no he tenido tiempo», en realidad lo que estás diciendo es: «He decidido invertir mi tiempo en otra cosa». ¿A qué le has dado prioridad, entonces?

Seguro que conoces el caso de alguna persona cercana que ha dejado de fumar de un día para otro, sin parches, sin chicles de nicotina, sin hipnosis… Simplemente lo dejó. «¿Cómo lo has hecho?», le pregunta la gente. «No sé, simplemente lo dejé.» Detrás de ese «simplemente lo dejé» hay un cambio de mentalidad, un cambio de paradigma, como lo llamamos en coaching. Eso significa que algo que veías de una manera, ahora lo ves de otra completamente diferente. Tu amigo antes pensaba que necesitaba fumar para ser feliz, y ahora ve que la felicidad está en ser libre del tabaco. Ese cambio de percepción hace que lo que antes veía imposible, dejar de fumar, pueda llevarlo a cabo con relativa facilidad. Parece algo mágico, pero simplemente es convicción.

Con la comida pasa lo mismo, al principio crees que no vas a poder dejar de comer fritos, los dulces, el refresco o la cervecita con las patatas bravas que tanto te gustan. Si ese es tu caso, no te apures, es absolutamente normal. Nadie en su sano juicio querría dejar de hacer algo que le aporta placer, y si algo tienen las grasas, los aperitivos, los dulces o los refrescos azucarados es que satisfacen las demandas de nuestro cerebro.

Esto lo explica muy bien el autor de Why Intelligent people are overweight, Hedley Turk. En su libro, explica que incluso las personas que se consideran a sí mismas muy listas e inteligentes, tienen problemas para dejar de comer ciertos alimentos. ¿Cómo puede ser que personas tan brillantes, con tanta capacidad para darse cuenta de que su conducta no les conviene, no puedan modificar sus hábitos alimenticios?

La cuestión es que cambiar de hábitos no es cuestión de inteligencia sino de algo diferente. Más allá de corregir un comportamiento, se trata de cambiar tu mentalidad. Ahora mismo te cuesta seguir la dieta porque tienes una serie de asociaciones positivas con la comida basura. Si tu perspectiva acerca de llevar una dieta poco equilibrada, rica en grasa y azúcar, es únicamente que te aporta placer, no vas a querer dejar de hacerlo. Si esto continúa así, es poco probable que quieras hacer un cambio duradero en tu alimentación. A lo mejor consigues comer bien durante una semana, dos semanas o incluso un mes. Pero al cabo de un tiempo, si no estás convencido de que lo que estás haciendo es bueno para ti y quieres hacerlo, volverás a tus hábitos poco saludables.

Precisamente, durante la escritura de este capítulo, Televisión Española invitó a Nutritional Coaching a participar en un debate acerca de una de las dietas de moda, la dieta de la sonda. Este método consiste en introducirle al paciente una sonda por la nariz por la que recibe un preparado alimenticio líquido, que es lo único de lo que va a alimentarse durante 7-10 días. El método te asegura perder diez kilos en diez días. El programa de televisión aportaba el testimonio de una mujer que se estaba sometiendo a este tratamiento, mostrando desde el inicio del mismo, es decir el momento en que le introducían la sonda, hasta su finalización al cabo de los siete días.

Jaime Giménez, coautor de este libro, asistió al debate en calidad de experto nutricionista para aportar los argumentos por los cuales esta dieta está totalmente desaconsejada. Empezando porque cumple los criterios de dieta milagro, segundo por los problemas de salud que puede ocasionar someter al cuerpo a una restricción calórica semejante, puesto que la paciente recibió menos de cuatrocientas calorías al día en forma de preparado líquido administrado por la nariz, y pasando por la falta de educación alimentaria que la persona recibe. Por si fuera poco, los resultados obtenidos en pérdida de peso son totalmente efímeros. No hubo forma de saber de dónde se perdió el peso, puesto que no se hizo una valoración de la composición corporal adecuada, ni se siguió un mínimo protocolo de evaluación. La persona se pesó vestida junto a un sinfín de despropósitos. En los próximos días y semanas, en cuanto la persona vuelva a su alimentación habitual, el cuerpo volverá a recuperar fácilmente lo que perdió durante el tratamiento. Puedes consultar el capítulo sobre alimentación y pérdida de peso, allí encontrarás soluciones efectivas para perder peso.

El caso nos impresionó mucho, ya que nos hizo reflexionar acerca de los valores que están imperando en nuestra sociedad, que llevan a una persona a considerar que merece la pena recurrir a un método tan radical para perder peso. Sin ánimo de juzgar a la persona que lo elige, nos preguntamos: ¿Qué te hace tomar una decisión así? La protagonista argumentaba que no se veía capaz de perder peso de otra manera. Había probado otras dietas y no le habían funcionado. Pero ¿qué pasará una vez te quiten la sonda? ¿Cuánto tiempo serás capaz de mantener la pérdida de peso alcanzada? ¿Qué habrás aprendido de esta experiencia desde el punto de vista de la educación alimentaria? ¿Cuál es el coste emocional que estás pagando?

Aunque le corresponde dar las respuestas a la paciente que se sometió al método, con todo respeto hacia ella y las demás personas que optan por este método, nos permitimos aportar nuestra opinión, para que la tengas en cuenta y saques tus propias conclusiones.

Una vez te quitan la sonda, es evidente que no has aprendido a comer saludablemente. Te has estado alimentando durante diez días como una persona enferma, y ahora tu capacidad para corregir tu conducta alimentaria es nula, puesto que en tu conocimiento y habilidad para comer bien, nada ha variado respecto del momento en que se inició el tratamiento. El problema que te llevó a coger el sobrepeso continúa existiendo, no se ha trabajado y por lo tanto es muy probable que te lo vuelvas a encontrar ahora que tienes que enfrentarte a la normalidad, la de comer escogiendo alimentos reales y no preparados alimenticios. Además establece el control de la enfermedad fuera del paciente, y lo hace dependiente. Si tu problema es la falta de planificación, la sonda no la ha resuelto. Si comes porque tienes estrés, la sonda no lo ha resuelto. Si comes cuando estás triste o aburrido, este método no lo ha solucionado. Si comes mal porque no sabes escoger opciones saludables, sigues sin ser capaz. Tu manera de entender tu relación con la alimentación no ha variado. Continúas teniendo una relación difícil, que te hace sentir mal, desesperada. Y además has reforzado varias creencias que en nada te benefician.

¿Qué creencias te guían cuando recurres a uno de estos métodos radicales, como el que estamos exponiendo de la dieta de la sonda, o cualquiera de las que proliferan, como la de la malla lingual, que consiste en coserte una malla a la lengua con seis puntos de sutura que evita que comas a causa del dolor que te produce? Increíble y horroroso, pero cierto.

Se nos ocurren unas cuantas creencias:

  • Todo vale para perder peso.
  • No tengo fuerza de voluntad para seguir una dieta.
  • No confío en ser capaz de aprender a comer bien.
  • Me dan igual las consecuencias que tenga para mi salud, si pierdo peso.
  • Quiero perder peso rápidamente, lo que pase a largo plazo no me importa.
  • Mi figura es lo que más valoro de mí.