6. Las pérdidas

Nada está perdido si se tiene el valor
de proclamar que todo está perdido
y hay que empezar de nuevo.

Julio Cortázar

A lo largo de este libro, hemos tratado el tema de las pérdidas, pero quizá de alguna manera indirecta. Principalmente se ha hecho referencia en tanto y en cuanto las pérdidas nos generan miedo. Miedo a perder, a frustrarnos, a que nos llamen perdedores.

Hasta el momento no he dicho algo fundamental. Si se realizan inversiones, en algún momento se sufrirán pérdidas. Estas pueden ser más o menos pronunciadas, según los vehículos de inversión que se hayan seleccionado, según los tipos de activos que se mantiene en cartera, pero en el mismo acto de invertir, salvo excepciones, ya se comienza perdiendo.

Pensemos en el siguiente caso: Una persona compra una casa, paga por ella un precio, pero además asume una serie de gastos que no le serán restituidos. Estos gastos llevan en nombre de costos de transacción.

Suponiendo que el precio a que alguien compró es un precio bien fijado por quienes tasaron la propiedad, podemos asumir que si hoy mismo esa persona decidiera vender dicho inmueble, podría percibir un monto igual al abonado. Pero ¿ganaría o perdería con la transacción? Claramente perdería, pues debería restar los gastos de la operación y los impuestos pagados al monto por recibir.

Benjamín Graham es claro al respecto de las oscilaciones de los precios y no casualmente compara los vaivenes bursátiles con el negocio inmobiliario, en apariencia muy calmo, pero en realidad variable como cualquier otro.

Quizá esta sensación de calma en los mercados inmobiliarios esté dada por la sensación de suba casi constante. Nada más engañoso, pues a esta altura ya deberíamos sospechar que cuando algo más fuerte sube, más fuerte cae. Consideremos el siguiente caso. Juan, un amigo personal, invirtió durante más de diez años en los mercados bursátiles, principalmente de la Argentina, los Estados Unidos, Brasil, Perú, Colombia y Chile.

Habituado a manejar sumas importantes y datos de las bolsas del mundo, vivía pegado a su teléfono celular inteligente, con todas las funcionalidades propias de un agente de mercado profesional. Con una mirada al teléfono, podía acceder a los precios de sus acciones y a los vaivenes del mercado en tiempo real. Podía acceder a las noticias, informes financieros, proyecciones y gráficos, casi con solo desearlo.

Juan amasó una fortuna, pero el precio de las ganancias fue pagado con un estrés importante. Ya millonario, hizo líquidas todas sus posiciones y se dedicó a viajar durante un año por todos los países donde antes había tenido inversiones. Su meta principal estaba destinada a convertir su portafolio de inversión -antaño orientado a la apreciación del capital- a una que le diera una renta mensual y conservara el capital para asegurarse rentas el resto de sus días.

En una de esas vueltas por el mundo, comenzó a adquirir propiedades orientadas a la renta. Realizó fuertes inversiones en las zonas más caras de Buenos Aires, como Puerto Madero y Barrio Norte, participó con la adquisición de varias habitaciones de hoteles en Punta del Este, Uruguay, y algunas tierras en la zona de Punta Ballena, también en Uruguay, pues varios desarrolladores le habían anticipado la realización de emprendimientos en esa zona.

Luego que todo estuvo rentado, comenzó el calvario. Llamaba a diario (primero) y luego, cuando se calmó, llamaba semanalmente a las inmobiliarias que administraban sus propiedades, pidiendo primero y luego exigiendo que le pasaran reportes sobre los precios de los inmuebles. Es decir, hacía tasar semanalmente sus propiedades. A falta de aplicaciones bursátiles en su celular, consideraba bueno realizar un “llamadito” preguntando por los precios.

Obviamente al principio recibió una atención cálida y afectuosa, pero en uno de los llamados, un gerente le pidió una entrevista. Con cara de “no me saques, por favor, la administración de tus inmuebles”, le hizo entender que valuar a diario los inmuebles no tenía sentido, pues este mercado no tenía un sistema de asignación de precios como estaba acostumbrado a manejar en el mercado bursátil y que cada tasación estaba basada en múltiples factores que, según su prestigiosa inmobiliaria, no presentaban una mutación en plazos tan cortos.

Al respecto de las pérdidas, Graham señala que muchas veces la accesibilidad (cotizaciones on line), nos crea una falsa sensación de pérdidas y ganancias, pues los vaivenes de corto plazo (incluso diarios) nos alejan de la idea de precio y valor para hacernos concentrar solo en una variable, el precio.

Como decíamos al inicio de este capítulo, siempre que invertimos comenzamos perdiendo, sea por los costos de transacción, los impuestos o simplemente porque al operar en mercados bursátiles el precio de los activos en realidad tiene dos precios, el comprador y el vendedor, que tienen una diferencia llamada spread. El precio al que podemos comprar es sensiblemente mayor que el precio de venta, por eso cuando compramos, si por algún motivo, inmediatamente necesitamos vender, estaremos asumiendo una pérdida, pues dejaremos en el camino el spread (al margen de que habremos pagado comisiones por la transacción).

La cucaracha en las cerezas

Pensemos en lo siguiente. Una cucaracha en un Bowl de cerezas produce un efecto negativo muy superior que el efecto positivo que produce una cereza en un Bowl lleno de cucarachas.

Este ejemplo es utilizado por Daniel Khanema, en su libro Pensar rápido, pensar despacio (2012), para hacer referencia a cómo estamos programados para sobreponderar los aspectos negativos de las cosas como un mecanismo de defensa ante posibles agresiones. Es decir, vemos primero lo malo, luego analizamos.

Un estudio realizado por Roy Baumeister, titulado Bad Is Stronger Than Good, resume lo señalado por Khaneman, “el impacto de las emociones malas, las reacciones malas, los padres malos, es mayor que el impacto de las buenas…”.

En relación con lo explicado, Khaneman sostiene que los seres humanos somos aversos a las pérdidas, es decir que perder nos afecta más que ganar, aun cuando ganancia y pérdida sean equidistantes, la negatividad predominante suele atarnos al statu quo (no hacer nada). Para resolver esto, Daniel Khaneman propone trabajar con pequeñas metas que podamos ir logrando, de tal modo que cualquier desvío negativo en su cumplimiento pueda ser resuelto en el cumplimiento de otra meta. Es una forma de que en el caso de que tengamos que asumir pérdidas, estas sean menores.

Pensamiento muy en línea con lo que venimos señalando desde las herramientas del coaching, donde plantearnos objetivos concretos es parte de la solución ante diversos miedos. Khaneman también propone una solución con la que estoy en un todo de acuerdo, pues señala que las pérdidas son parte activa del negocio de las inversiones, situación bien conocida por los inversores profesionales, que ante un oportunidad con riesgo, pero con valor esperado positivo, aceptarán tomar ese riesgo en tanto y en cuanto puedan tener la posibilidad de participar en un sistema de inversión de largo aliento, donde en caso de asumir una pérdida, tengan una nueva oportunidad para ganar.

Se observan algunas condiciones para que podamos aceptar este tipo de riesgos, a saber:

  • Que cada operación sea independiente. Por ejemplo, si consideramos varias inversiones, pero todas corresponden a la misma industria, estaremos asumiendo el mismo riesgo, dada la correlación positiva de los activos.
  • Las posibles pérdidas no deben afectar el total del patrimonio. Es decir, no podemos arriesgar todo el capital en una operación, pues en caso de perder, nos dejaría fuera de juego.
  • No debemos aplicarlos a procesos largos donde tengamos una pequeña probabilidad de ganar, pues en un proceso largo terminaremos perdiendo.

En pocas palabras, la idea es cuidar el capital para poder recomponernos en caso de asumir una pérdida, y participar de negocios donde tengamos posibilidades concretas de ganar, evitando arriesgarnos en operaciones que tengan una probabilidad muy baja de ocurrencia, aunque el premio resulte interesante, pues a largo plazo, en este tipo de inversiones perderemos más de lo que ganamos.

También es recomendable no “enamorarnos de nuestras inversiones”. Si no me cree que esto pueda pasar, lo invito a seguir leyendo.

Pajaritos de papel

En su libro Las ventajas del deseo (2011), el psicólogo israelí Dan Ariely nos narra uno de los experimentos que llevó a cabo en una universidad. Tomó un grupo de personas a las que les enseñaron los rudimentos básicos del origami (arte japonés de formar figuras de papel, sin cortar ni pegar, solo doblando). Dieron las instrucciones saltándose algunos pasos para que el resultado final fuera una figura sin terminar o, por lo menos, con serios defectos (vale aclarar que se trataba de una figura compleja).

Luego, se les ofreció cambiarlos por otras figuras realizadas por profesionales (obviamente con todos los pasos terminados). Sorprendentemente gran parte de quienes realizaron las obras fallidas prefirieron quedarse con sus obras que con aquellas bien realizadas. Es decir, valoraron más aquellas obras que ellos mismos habían realizado.

Otro experimento fue realizado con muebles preensamblados de la marca Ikea. Se les solicitó a un grupo de personas que ensamblaran una serie de productos o que solamente inspeccionaran la caja observando en una fotografía el resultado final. Por extraño que parezca, cuando se les solicitó que valuaran los productos, aquellos que fueron ensamblados recibieron un sobreprecio del 62 por ciento por sobre los productos (los mismos) que solo fueron observados.

Dan Ariely y su equipo, pretenden demostrar con estos experimentos el sobrevalor que les damos a aquellos productos en los que, de alguna manera, participamos en su creación. Al respecto de este efecto, que Ariely denomina efecto Ikea, considero que a nivel inversiones, esta situación es parte activa en uno de los problemas que más afectan los diferentes portafolios cuando estos comienzan a perder dinero.

Sobrevaloramos lo que hemos realizado con “nuestras propias manos” de igual modo que las madres valoran los collares hechos con fideos que sus hijos hacen en el jardín. Recuerdo que mi madre hasta solía usarlos para salir de casa. Sobrevaloramos las carteras de inversiones en las que hemos participado en su construcción, sea en todo o en parte, y si a ellos les sumamos la aversión a perder, que generalmente se manifiesta solo cuando realizamos la venta del activo que pierde dinero, tenemos un cóctel explosivo.

Cuando un activo baja de precio, podemos tener una pérdida virtual o incluso contable, pero solo cuando ejecutamos la venta del activo, estamos realizando la pérdida. Por eso, ocurre en general una gran aversión a realizar las ventas de activos que pierden valor extendiendo la agonía hasta un momento en que, al vender, se realiza una pérdida enorme.

Una situación similar ocurre con las ganancias. Cuando un activo arroja ganancia, muchas personas optan por capitalizarlas rápidamente, nuevamente por temor a que esta se esfume, perdiendo generalmente una poderosa suba futura.

Algunas veces, todo esto se combina y sucede lo peor. Un activo baja y lo mantenemos el tiempo suficiente para ver cómo perdemos casi todo el dinero invertido. Otro activo sube y con el objetivo de ganar algo de dinero que suavice la caída del activo perdedor, tomamos rápidamente la ganancia del activo al alza, desperdiciando la oportunidad de ganar dinero en el futuro, capitalizando rápidamente un poco de algo, cuando en realidad con un buen análisis, llegaríamos a la conclusión de que esta operación es independiente de la anterior perdedora. Pero generalmente tendemos a compensar operaciones unas con otras, mezclando peras con manzanas.

Perder es parte activa de ganar cuando tratamos con inversiones. Sea perder porque el valor total de una cartera de activo ha descendido producto de las ineficiencias de corto plazo, cuando apuntamos al largo plazo. Sea perder porque tras evaluar una inversión asumimos un error de cálculo y liquidamos la operación. Sea perder porque directamente nos equivocamos, quien desea acercarse a este mundo sin perder, sufrirá grandemente, pues las pérdidas están asociadas a los riesgos, y el axioma de las inversiones donde a mayor riesgo se espera mayor recompensa, deberíamos agregar que debemos también esperar pérdidas. Incluso, como vimos, en un mundo donde la creciente inflación afecta en forma directa nuestros ahorros, no hacer nada es asumir directamente una pérdida, que será diaria, semanal, mensual o como consideremos, pero claramente en un escenario donde el dinero vale menos cada vez, no hacer nada es asumir lisa y llanamente que tendremos menos poder de compra en un futuro cada vez más cercano.

Veremos cuando analicemos la técnica de Stock Picking y la de Market Timming, cómo a través de la diversificación y el Stop Loss, respectivamente, podemos paliar los aspectos negativos del efecto Ikea.