6. Rasgos básicos de la Modernidad

Con la emergencia de la Modernidad el programa metafísico comienza a verse crecientemente cuestionado. Ello se observa claramente si se sigue con atención el desarrollo del conocimiento, sea éste filosófico o científico[1]. Este fenómeno sucede de diversas maneras. Una de ellas, ya mencionada, consiste en revertir el orden en el proceso de conocimiento propuesto por la metafísica. Ésta partía de lo abstracto, para llegar al mundo concreto de la experiencia. La Modernidad percibe la necesidad de arrancar de lo humano y no del mundo trascendente o de un conocimiento revelado por la divinidad. La Modernidad es antropocéntrica.

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Pero hay más. La Modernidad plantea un camino de conocimiento y de acceso a la verdad que no requiere partir de verdades sino, por lo contrario, permite arrancar de la duda, del cuestionamiento, de la crítica. A la verdad no sólo se llega deductivamente, siguiendo el camino de la razón que nos permite pasar de una verdad a otra. La Modernidad inaugura y privilegia el camino de la duda. Frente a un pensamiento clásico dogmático, la Modernidad es escéptica. La Modernidad desarrolla una racionalidad crítica.

Con todo, aunque la Modernidad arrincona a la metafísica en la esfera del conocimiento, sucede algo interesante: ésta sigue ejerciendo una incuestionable hegemonía con respecto al sentido común de los seres humanos. Seguimos operando desde un sentido común que sigue siendo profundamente metafísico.

7. Crítica de la Modernidad al programa metafísico

Es preciso identificar algunos hitos en la historia del conocimiento occidental durante la primera etapa de la Modernidad. Desde el inicio mismo del pensamiento moderno, vemos cómo aparecen aquellos dos rasgos antes señalados. Ya en Descartes, el primer filósofo moderno, percibimos tanto la necesidad de iniciar la reflexión filosófica desde el hombre, el sujeto pensante (“pienso, luego existo”), como la propuesta de un método de reflexión filosófica fundado en la duda. Más adelante, el empirismo anglosajón insistirá en fundar todo conocimiento en la experiencia, como se advierte desde Francis Bacon hasta David Hume. Estos dos rasgos convergen en la filosofía crítica de Kant, quizás el exponente más destacado de la filosofía moderna.

Sin embargo, mientras esa senda se despliega, una línea diferente golpea más directamente contra las premisas básicas del programa metafísico. Mencionemos tan sólo a algunos de sus exponentes. El primero en situarse en la línea de ruptura con la metafísica clásica fue Spinoza, quien rechaza la existencia de dos mundos (el de acá y el más allá) y sostiene que el mundo natural es el único existente. Posteriormente, Feuerbach afirma que es preciso cuestionar todas las abstracciones metafísicas, que no han hecho más que invertir la realidad, y volver a situar el fundamento de todo lo existente en la naturaleza y en el hombre. Desde un territorio muy diferente, Darwin plantea una línea de continuidad entre el mundo animal y los seres humanos. Según Darwin, los seres humanos somos un tipo particular de animal generado por el desarrollo evolutivo. Luego llegamos a Nietzsche quien, de manera explícita, se aboca a una tarea de destrucción filosófica de cada una de las premisas del programa metafísico.

8. El relativo estancamiento posterior a Nietzsche

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Sin embargo, luego de Nietzsche, se produce un extraño estancamiento relativo en el desarrollo de una nueva concepción del fenómeno humano. Las bases que él mismo nos ofreciera parecieron no ser suficientes para iniciar de inmediato el camino al que su filosofía nos convoca. Es más, su propia obra pasa por un período en el cual es profundamente distorsionada e incomprendida. No es menos cierto que se producen algunos avances interesantes, como por ejemplo el desarrollo de la filosofía existencial, que se caracteriza por invertir la prioridad entre ser y existencia humana, postulada por la filosofía clásica, en la que destaca la figura de Heidegger.

Pero aunque Heidegger da algunos pasos importantes, en muchos aspectos retorna a posiciones propias de la tradición metafísica con la que Nietzsche procuraba romper. La filosofía de Heidegger es ambigua en relación al programa metafísico y en aspectos cruciales implica un retroceso frente a la propuesta de Nietzsche. Es más, aunque Heidegger estudia a Nietzsche en profundidad y produce una extensa obra sobre su filosofía, podría decirse que no logra comprenderla cabalmente y que se siente permanentemente cuestionado por Nietzsche en relación a sus propios planteamientos. Más que estimularlo, Nietzsche lo exaspera y desquicia.

9. Cuatro grandes desarrollos

Cuatro grandes desarrollos van a converger para modificar este escenario de estancamiento relativo. Ellos son la filosofía antropológica de Martin Buber, la emergencia de la filosofía del lenguaje, algunos desarrollos que tienen lugar desde la biología y, por último, la reflexión en la que nosotros mismos hemos estado involucrados sobre los condicionantes de la acción humana. Examinaremos cada uno de estos desarrollos por separado.

10. La filosofía antropológica de Martin Buber

En la primera mitad del siglo XX, influida por los desarrollos de la filosofía existencial, destaca la propuesta de una antropología filosófica realizada por Martin Buber. Éste busca de manera explícita reiniciar una reflexión filosófica sobre el fenómeno humano, a partir de nuevas bases. Para Buber, los seres humanos somos seres dialógicos, que nos constituimos en el tipo de ser que somos a partir de los diversos diálogos que establecemos. Somos seres conversacionales. Según este pensador, las conversaciones que nos constituyen se articulan en torno a tres ejes: las conversaciones que mantenemos con los demás, las que mantenemos con nosotros mismos y las que todo ser humano desarrolla con el misterio de la vida, con aquello que muchos de nosotros llamamos Dios.

Esas conversaciones definen el tipo de ser de cada uno. Si deseamos penetrar en el espacio siempre misterioso del alma humana, en esa particular forma de ser de cada uno, nada puede conducirnos más lejos que la indagación en estos tres ejes conversacionales. Allí encontraremos los fundamentos de nuestras alegrías y tristezas, así como las razones de nuestros aciertos y errores, de nuestros éxitos y fracasos.

11. La emergencia de la filosofía del lenguaje

Durante la segunda mitad del siglo XX emerge una nueva disciplina: la filosofía del lenguaje. Hasta entonces, el lenguaje no había despertado un interés especial en los filósofos. Ello no niega algunos abordajes parciales en la historia de la filosofía, ni tampoco el hecho de que la lógica y posteriormente las matemáticas habían sido motivo de reflexión filosófica. Pero el lenguaje en general, particularmente el lenguaje ordinario, no había sido una temática de reflexión filosófica relevante desde los tiempos de Sócrates y de los sofistas. La tradición filosófica había convertido, en cambio, los temas del conocimiento y de la conciencia en predilectos. La epistemología era la disciplina estrella en la filosofía.

Ello cambia en la segunda mitad del siglo XX con el nacimiento de la filosofía del lenguaje. Una de las contribuciones más destacadas de esta nueva disciplina filosófica fue la de John L. Austin, quien cuestiona la interpretación tradicional predominante sobre el lenguaje. He llamado a esta última una interpretación “contable” del lenguaje, pues sostenía que el lenguaje se limitaba a “dar cuenta” de lo existente. Se suponía que el lenguaje era un medio o instrumento que nos permitía registrar, expresar, transmitir o comunicar lo que percibíamos, sentíamos o pensábamos. Ello le asignaba al lenguaje un papel fundamentalmente descriptivo y pasivo.

John L. Austin no niega que el lenguaje realice esas funciones, pero insiste en que no son las únicas. Además de ayudarnos a describir le realidad y constatar lo que ya existe, señala, el lenguaje es acción y, como tal, hace que ciertas cosas pasen, las que no sucederían si el lenguaje no hubiera intervenido. Austin sustituye la antigua interpretación contable del lenguaje por una concepción generativa. El lenguaje es capaz de generar nuevas realidades. A través de él constituimos nuestras identidades, construimos relaciones, establecemos compromisos, generamos nuevas posibilidades, alteramos el futuro y transformamos el mundo.

La contribución de la filosofía del lenguaje no sólo modifica radicalmente nuestra concepción del lenguaje, hecho de por sí de extrema importancia. Al concebir el lenguaje como acción, amplía también nuestro concepto de acción, permitiendo incluir en él las diversas acciones de lenguaje que realizamos los seres humanos. Nietzsche nos había planteado la posibilidad de repensar el fenómeno humano desde el eje de la transformación y la acción. Sin embargo, desde un concepto restrictivo de acción como el que entonces disponíamos, tal tarea resultaba, por decir lo menos, muy difícil de acometer. Al disponer ahora de un concepto ampliado de acción, que da cabida a nuestras acciones de lenguaje y a nuestras diversas prácticas conversacionales, esa situación se altera radicalmente. Con ello se acrecienta la posibilidad de conectar el fenómeno humano con nuestra capacidad de acción.

12. El avance de las ciencias biológicas

Dos importantes contribuciones emergerán a partir de los avances que, durante las últimas décadas, se registran en las ciencias biológicas. El primero de ellos consiste en el reconocimiento reiterado que lleva a cabo la biología de que el rasgo distintivo del fenómeno humano es el lenguaje. Es gracias al lenguaje que desarrollamos un tipo de existencia que nos distingue -sin separarnos- del resto de las especies. Científicos de la estatura de Ernst Mayr, uno de los biólogos teóricos más destacados del siglo XX[2], subrayan que el lenguaje es la clave de nuestra diferenciación. A partir de este reconocimiento, uno de los problemas que han procurado esclarecer es el de las bases biológicas de nuestra capacidad de lenguaje.

Después de que la genética se constituyera como la rama más destacada de la biología durante la segunda mitad del siglo XX, a partir de las últimas décadas de ese siglo y ya entrados en el siglo XXI, este lugar pasa a ser ocupado progresivamente por las neurociencias. Una de sus líneas de investigación se realiza en torno a las localizaciones cerebrales asociadas con el lenguaje[3].

En este campo se han producido algunos descubrimientos que nos conducen más allá del lenguaje y que de hecho contribuyen al cuestionamiento de las premisas del programa metafísico. Me refiero al reconocimiento de la inmensa plasticidad de nuestro sistema nervioso. Cuando se habla de plasticidad se alude fundamentalmente a dos propiedades. La primera es el descubrimiento de que cada experiencia modifica nuestros circuitos neuronales y, por lo tanto, altera nuestro sistema nervioso. La segunda apunta al hecho de que tales modificaciones muchas veces conllevan la capacidad de reorganización del cerebro, permitiendo que determinadas zonas asuman funciones que antes eran manejadas por otras.

La noción de plasticidad neuronal demuestra que, desde un punto vista estrictamente biológico, no somos inmutables, como lo planteara la metafísica. Cada experiencia nos transforma. El principio de la inmutabilidad del ser no se expresa, por lo tanto, a nivel biológico. Como la biología lo reitera con frecuencia, nuestras posibilidades tanto de hacer como de ser se sustentan en las condiciones biológicas que nos caracterizan. Sólo podemos ser y hacer lo que nuestra biología nos permite.