CÓMO DESARROLLAR UNA FUERTE CREENCIA DE AUTOEFICACIA. FUENTES DE INFORMACIÓN

A pesar de que la autoeficacia se va formando desde los estadios tempranos del ciclo vital y, en función de ella, la persona trata de conservar su autoimagen, es también una percepción dinámica. Las fuentes de información con que cuentan el “coach” y el “coachee” para desarrollar las creencias de autoeficacia son en primer lugar, por su poder de influencia, los logros de ejecución o experiencias de dominio; a continuación, los modelos que seleccionan las personas para observar y emular; en tercer lugar,  la persuasión verbal social ejercida hacia el sujeto; y por último, la interpretación de la información procedente de los estados orgánicos o fisiológicos (el estrés, la ansiedad, el cansancio, otras emociones negativas…).

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Logros de ejecución

La observación y vivencia de los éxitos pasados crean una fuerte sensación de autoeficacia personal, favoreciendo las creencias de autoeficacia percibida. Una de las estrategias más usadas en el deporte de elite, que puede utilizar el “coach”, es hacer que el cliente se imagine a sí mismo en algunas de esas situaciones de éxito traídas del pasado, esos momentos memorables que son la película de sus propios éxitos y logros, y que deben incluir todos los detalles específicos mediante la herramienta de la práctica imaginada o visualización. Incluso con algo más de entrenamiento, el deportista aprende a sustituir pensamientos perturbadores o limitantes por algunos de estos pensamientos que le darán más confianza y motivación; se trata de cortar y pegar.

En general, los éxitos repetidos en la consecución de objetivos o metas aumentan el nivel de autoeficacia, y el fracaso en la consecución de los mismos lo disminuye. Una vez que la persona ha alcanzado un nivel elevado de autoeficacia debido a logros en la ejecución, tiende a alcanzar un estado más o menos constante o permanente, siendo poco probable que los fracasos ocasionales puedan modificarlo, pues la persona los suele atribuir a factores externos, a la falta de esfuerzo o a una estrategia inadecuada. En ocasiones, el “coach” puede orientar al cliente para que éste atribuya los pequeños fracasos a la falta de esfuerzo o de preparación e interprete la habilidad como algo flexible y adquirible, porque la atribución del fracaso a una falta de habilidad va en detrimento de la motivación y de la realización futura. Aunque las altas creencias de autoeficacia pueden ser generalizables a otras situaciones o actividades similares, también hay que tener en cuenta que pueden ser altas en una determinada área o tarea y no en otra, o incluso en un espacio temporal y no en otro.

El deportista que recuerda únicamente los aspectos negativos o los positivos de su ejecución tenderá a interpretar negativamente o con excesiva benevolencia su ejecución, por muy bien que haya procesado sus recuerdos. Por ello, el “coach” puede ayudar a sus deportistas a que valoren sus conductas y acciones de una forma más objetiva, fomentando una percepción positiva de las conductas, tanto de las que han resultado un éxito, como de las que fueron un fracaso, con el objetivo de incrementar su sensación de control, y que el nivel de autoeficacia le permita al “coachee” proponerse retos cada vez más complejos.

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La importancia de establecer un objetivo acertado

Aunque la autoeficacia percibida sea una percepción subjetiva de la propia competencia, basada fundamentalmente en la información que percibe el sujeto sobre sus logros de ejecución o éxitos pasados, y podamos influir desde un proceso de “coaching” en la propia percepción que tiene el cliente mediante el método socrático, en este capítulo se hace especial hincapié en tratar de potenciar los logros de ejecución a través de uno de los avances científicos más importantes de la psicología, la técnica del “establecimiento de metas”.

El supuesto principal de esta teoría (Locke, Shaw, Saari y Latham, 1981) es que cuando el sujeto tiene definidos y asumidos unos objetivos la conducta se dirige con mayor fuerza hacia la consecución de esos objetivos, los cuales actúan como reguladores de la acción. El establecimiento de metas requiere de esa toma de conciencia donde el “coaching” puede ser tan eficaz, primero al establecerlas, y tras hacer todo lo posible por alcanzarlas, vuelta a la reflexión para ver el feedback de la ejecución, y por último al ajustar la estrategia.

Las metas influyen en la autoconfianza de los deportistas y en la ejecución de distintas maneras: dirigiendo la atención y la acción del sujeto hacia los aspectos importantes de la tarea, mejorando destrezas específicas, movilizando el esfuerzo e influyendo sobre el grado de persistencia, especialmente cuando se establecen metas intermedias que hacen más fácil la consecución de la meta final, y fomentando en los sujetos el desarrollo de nuevas estrategias de aprendizaje.

Se ha encontrado un aumento positivo de la autoeficacia cuando es el propio deportista quien establece sus propias metas o acepta metas a alcanzar. El deportista con baja autoeficacia tenderá a proponerse objetivos más bajos de lo que en realidad podría conseguir, por ello, un “coach” experto debe captar las diferencias individuales de sus clientes en cuanto a nivel de autoeficacia percibida, así como los niveles de orientación al logro, la motivación intrínseca o los valores personales, para poder orientar al “coachee” en el proceso de establecimiento de metas y que a través del logro constante mejore la autoeficacia.

Sin embargo, no siempre que se obtiene éxito en la consecución de una meta se produce un incremento de la autoeficacia, para ello es necesario que se den ciertas condiciones: que la situación o tarea haya excedido un poco las propias capacidades y que habiéndose percibido como desafiante, al mismo tiempo, se haya dado una sensación de control personal sobre la situación. El sujeto tiene que haber invertido, además, un grado moderado de esfuerzo, o al menos haberlo percibido así y haber recibido poca o ninguna ayuda externa.

Los objetivos a identificar por deportista y “coach” pueden ser de muy variada índole, pueden hacer referencia a cualidades físicas, técnicas, destrezas individuales o de equipo, actitudes, al desarrollo de la competencia de cada subcomponente de la tarea total; por ejemplo, en tenis pueden hacer referencia al revés, la bolea, el servicio, las devoluciones; en natación, a las salidas, las brazadas, los virajes…

El “coach” debe ayudar a los “coachees” a fijar metas atractivas y desafiantes, pero que estén dentro de su realidad deportiva, que sean realistas, específicas y con plazos definidos en un plan de acción. Los objetivos de rendimiento deben tener una probabilidad razonable de ser alcanzados cuando se establezcan, y aunque el “coach” puede animar a fijar objetivos desafiantes, con niveles inferiores de desempeño probablemente lo mejor sea adaptar los objetivos de rendimiento teniendo en cuenta sus puntos fuertes y débiles.

Se deben establecer los objetivos a corto plazo además de a largo plazo porque los primeros son el medio para conseguir los otros y hacen el efecto de feedback o refuerzo constante, afectando positivamente al nivel de confianza y motivación, y los segundos son la meta final. El establecer ambos produce un efecto sinérgico. Por otro lado, los objetivos a corto plazo deben ser reforzados para alcanzar el objetivo a largo plazo del cliente; en este sentido, un elemento importante a utilizar por los “coachees”, además de ofrecer apoyo, es el mostrar fe en él, transmitiéndole las altas expectativas que tiene el “coach”, produciendo en su sistema de creencias el efecto de la profecía que se cumple o efecto Pigmalión, que básicamente consiste en la tendencia a reproducir la conducta que los demás esperan de nosotros.

También se deberán establecer los criterios para medir los objetivos marcados (registro, sistema de puntos, código de observación…). Los de tipo cuantitativo son más fáciles de medir, pero también habrá que hacer un esfuerzo con los de tipo cualitativo. Incluso “coach” y “coachee” pueden establecer las estrategias oportunas definiendo un plan A con el objetivo ideal y altamente retador, un plan B con el objetivo intermedio y un tercero que sería el mínimo a conseguir en el caso de que se presenten dificultades.

Algo fundamental que deben tener presente el “coach” y el “coachee” es distinguir entre objetivos resultados, lo que se consigue (ganar o perder, hacer un crono, lograr un puesto.), y los objetivos de realización (mejorar una determinada técnica, incrementar el nivel de dificultad en una prueba), que son las acciones o conductas concretas que puede realizar el deportista para que la probabilidad de alcanzar el resultado esperado sea elevada. Estos últimos dependen en un porcentaje muy alto de uno mismo, y ofrecen al deportista una mayor toma de conciencia, además de servir como seguimiento de su propio desarrollo deportivo.

El “coach” puede incitar al “coachee” a que ponga el énfasis en el control de la propia conducta por encima de lo que no dependa de él mismo, y también a que una vez conseguido el éxito lo atribuya a esas conductas propias. Sin embargo, si el éxito no llega pero el cliente analiza el porqué del fracaso y tiene un control razonable de la situación comprendiendo sus causas, percibiendo que mediante un entrenamiento adecuado y una estrategia diferente puede conseguirlo en el futuro, su autoeficacia percibida puede mejorar o al menos no mermará tanto como si siente indefensión ante el fracaso.

A continuación se aporta una breve guía que puede ser útil al “coach” y al deportista a la hora de fijar los objetivos y el plan de acción, de forma que pueda ir produciéndose un incremento paulatino de la autoeficacia.

1. El primer paso consiste en establecer metas de acuerdo con unos parámetros desafiantes, pero al mismo tiempo dentro de la realidad del deportista. Como se ha señalado a lo largo de este capítulo, la meta debe ser retante para que tenga un verdadero poder de motivación. Locke (1981) y colaboradores han encontrado evidencias científicas de que existe una relación directa entre la dificultad de la meta y la ejecución de la tarea, pudiéndose afirmar que a mayor dificultad, mayor será el rendimiento, evidentemente siempre que esa dificultad no exceda la capacidad del sujeto. “La sabiduría suprema consiste en tener sueños lo suficientemente grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen.” (William Faulkner).

2. Sin embargo, aunque el objetivo final deba ser retador y quizá por ello lleve implícito un plazo de tiempo más largo para su consecución, es necesario también establecer a modo sinérgico metas intermedias o submetas interrelacionadas, que tengan un carácter más inmediato, a corto plazo, y que son en realidad los medios para no perder de vista el fin. Los éxitos en la consecución de metas a corto plazo hacen la función de feedback, pudiendo el deportista percibir mejoras y destrezas que incrementarán el nivel de confianza y motivación de logro. Asimismo, pequeños fracasos en estos objetivos pueden permitir una revisión de la estrategia que haga factible la consecución de la meta final. A la hora de planificar los objetivos se deberá tener en cuenta no sólo el momento del ciclo competitivo del deportista sino también lógicamente la temporada deportiva en cuestión, estableciendo plazos bien definidos. Una excepción es, quizá, los objetivos que supongan una modificación de un hábito de conducta, en los que establecer plazos muy rígidos pueda suponer una fuente adicional e innecesaria de estrés. Otras estrategias como la ampliación de la autoimagen mediante visualización pueden resultar más útiles, aunque lleven su tiempo.

3. Las metas no deben ser descritas de forma vaga e imprecisa, general o subjetiva, por ejemplo, ser el mejor, hacerlo lo mejor que pueda, mejorar el servicio, disminuir la frecuencia de pensamientos negativos, pasar un buen rato, hacer equipo… La investigación indica que, para que se pueda modificar la conducta, las metas han de ser enunciadas de forma objetiva, específica y precisa, por ejemplo, reducir la marca en los 100 metros libres en cinco décimas de segundo al final de la presente temporada, o incrementar el número de servicios válidos en un 10% en dos meses, o reducir a tres el número de pensamientos negativos en cada sesión de entrenamiento. Por tanto, es muy importante que deportista y “coach” hagan un esfuerzo por definir los objetivos en unidades observables, expresando las metas en términos de conductas medibles y cuantificables, incluso aquellas que no pueden medirse fácilmente en términos cuantitativos por tener un carácter más cualitativo. Cuanto más cuantificable sea el objetivo, mejor sabrá el deportista sobre qué parámetros trabajar y si lo va consiguiendo, lo cual repercutirá en su nivel de motivación y percepción de autoeficacia.

Otra estrategia que puede ser útil es la de enunciar las metas en términos positivos, siempre que sea posible; es mucho más funcional porque mantiene al deportista focalizado en el éxito, no en el fracaso. Habrá, por tanto, que hacer un esfuerzo cognitivo por identificar conductas dignas de ser exhibidas, más que conductas que no deberían exhibirse. Por ejemplo, incrementar el porcentaje de buenos primeros servicios en tenis en vez de disminuir el porcentaje de malos primeros servicios.

4. El establecimiento de metas es más eficaz cuando se establecen conjuntamente los objetivos de resultados (ganar o perder, quedar en un determinado puesto) con los de ejecución y esfuerzo (que son aquellos que hacen más probable o factible la consecución de la meta final).

Éstos deben incluir las acciones concretas a realizar y sirven como seguimiento personal del propio desarrollo deportivo. Ambos tipos de objetivos deben coexistir y nunca excluirse. Es obvio que el control sobre la propia conducta es más fácil que pretender controlar las conductas de los rivales o compañeros o pretender controlar la multitud de factores externos que pueden intervenir. El “coach” debe, por tanto, influir para que el cliente focalice el esfuerzo en el control de la propia conducta más que en las cosas que no dependen de uno mismo, contribuyendo a valorar el éxito o el fracaso no en función de los demás sino de la propia actuación. Sin embargo, el “coach” debe tener en cuenta que el cambio de percepción que tienen los deportistas sobre la importancia de las consecuencias, resultados, frente a las metas de ejecución puede no ser inmediato. Especialmente en el deporte de alto rendimiento, la presión puede hacer que las metas de resultados sean prioritarias, pero no debemos olvidar como “coaches” que las de ejecución son el medio para conseguir las primeras. Además es más valiosa la victoria sobre uno mismo que la obtenida ante cualquier rival.

5. Una vez que se han identificado las metas, que no deben ser muy numerosas si el cliente aún no está familiarizado con el proceso (a veces habrá que centrarse solamente en una o dos), y a medida que se vaya incrementando el número de ellas, es muy útil llevar un registro por escrito y tenerlo al alcance para recordarlas y visualizarlas. ¡Las cosas han de ser soñadas y recreadas en la mente antes de hacerlas realidad! Así que hay que procurar que la descripción de la meta se haga clara, vívida y detalladamente, para producir una imagen potente en el subconsciente. También es recomendable que el deportista use algún cuadernillo donde anote, además del registro de metas, las estrategias de consecución de metas y los progresos de metas, basándose, claro está, en datos diarios o semanales. Asimismo, puede ser necesario que el “coach” aporte al deportista formación básica sobre el establecimiento de metas.

6. Planificación. El “coach” debe dar tiempo al deportista para reflexionar. Si deportista y “coach” quieren ser eficaces en este proceso de establecimiento de objetivos, deben invertir un tiempo considerable en la planificación, detectando necesidades, evaluando las capacidades del deportista y sus prioridades, estableciendo no sólo las metas y submetas sino también la estrategia para la consecución de las metas y las formas en que pueden lograrse, es decir, las acciones y conductas concretas a realizar. Es de gran importancia en esta fase de planificación establecer los criterios de evaluación sin los cuales el proceso no sería eficaz. Un programa de establecimiento de metas debe ser dinámico y flexible, los resultados deben valorarse periódicamente para comprobar la efectividad del programa y, por supuesto, toda estrategia debe contar con la fase de revisión en la cual poder realizar los ajustes oportunos. Asimismo, la flexibilidad del objetivo es un componente que no debe despreciarse para así poder tener en cuenta aspectos situacionales que, aunque puedan suponer un pequeño retroceso temporal, mediante el replanteamiento de la planificación, puedan finalmente conducir hacia la consecución de la meta. También es importante la flexibilidad del “coach” para tener en cuenta las diferencias individuales de sus clientes. Cada deportista tiene su propio ritmo de desarrollo deportivo y personal, habilidad, motivación de logro, nivel de compromiso, nivel de confianza; lo que puede ser un objetivo desafiante para uno puede significar una frustración definitiva para otro y afectar directamente a su percepción de autoeficacia. Por ejemplo, un deportista con baja autoconfianza, aunque en los entrenamientos alterne objetivos de ejecución con los de resultados, en competición será mejor que se centre en los primeros para mantenerse focalizado en conductas concretas y no añadir una presión adicional que podría mermar su rendimiento. Sin embargo, ocurre todo lo contrario con deportistas que posean una gran autoconfianza, los cuales pueden soportar mejor la presión de la competición sin desviarse del objetivo. Por tanto, es tarea primordial del “coach” ayudar al cliente a establecer metas que supongan un desafío pero que al mismo tiempo sean realistas y tengan una dificultad adecuada a su potencial y capacidad.

7. Los criterios de evaluación deben establecerse de forma conjunta entre “coach” y deportista de forma específica para cada objetivo, y las herramientas pueden ser tan variadas como los propios objetivos a delimitar, desde una simple estadística de ejecución expresada en porcentajes, hasta un registro de observación realizado por un observador externo, un sistema de puntos o un autorregistro a cumplimentar por el deportista si se trata de conductas. Es importante que si no se dispone de medios de evaluación de las metas se diseñe uno para la ocasión; de nada sirve establecer objetivos si no se puede comprobar si se van logrando. Sólo se puede progresar en lo que uno puede medir y sólo se puede medir lo que se puede observar.

La metodología dependerá del deporte en cuestión, de las necesidades del deportista y de las metas seleccionadas; por ejemplo, para el seguimiento se podrían diseñar unas tarjetas de consecución de meta con espacios para diversos ítems, metas específicas, destrezas presentes, posición inicial o punto de partida, estrategias para la consecución de metas, etc. También se podrán diseñar tarjetas de evaluación de la ejecución en escalas porcentuales de 0% a 100% donde puedan reflejarse las distintas conductas asociadas a una ejecución excelente en una determinada competencia.

Experiencia vicaria

Las experiencias vicarias o modelaje son la segunda forma más poderosa de mejorar la autoeficacia. El ver e imaginar a otros deportistas con características similares a uno mismo actuando con éxito ante determinadas situaciones puede producir un incremento de la autoeficacia percibida.

El aprendizaje vicario tiene mayor probabilidad de éxito si la experiencia previa del deportista es escasa, si el modelo resulta de interés para alcanzar determinados retos y si tiene características similares a él tanto de ejecución como personales. Los “coaches” pueden incentivar entre sus clientes la observación de modelos ejecutando con éxito la tarea u objetivo a emular. Incite al cliente a buscar aquellos modelos similares a él y más experimentados que hayan llegado allí donde él quiere ir. Tampoco ese modelo tiene que ser necesariamente un campeón del mundo, pero lo que sí tendrá mucho poder de influencia en el observador son las actitudes de lucha, de valentía, de espíritu de superación, de perseverancia, incluso más que la eficacia en una tarea concreta. Sin embargo, hay que aprovechar ambas informaciones. Es un error frecuente utilizar modelos muy lejanos con los que se tienen pocas oportunidades de coincidir en el tiempo o en el espacio para poder observar e imitar aquellas conductas o comportamientos que le llevaron al éxito. Se trata, en definitiva, de ver lo que hacen o no hacen estas personas, además de autoconvencerse de que, si el otro lo ha conseguido, uno mismo con esfuerzo también lo puede lograr.

El “coach” puede incitar al cliente a elegir un modelo inspirador en su entorno deportivo para que observe las acciones que realiza, cómo y cuándo las realiza, cuál es el impacto que produce en las personas con las que interactúa y sus respuestas, que encuentre los propósitos del modelo y los calibre y compare con los suyos propios, con sus propias intenciones, para luego elegir el tipo de comportamientos que va a poner en acción. A continuación puede animarle a que escoja uno o dos comportamientos y los ponga en acción. Un error frecuente consiste en elegir demasiados, pues el desarrollo de habilidades es un proceso que requiere activar la conciencia y no sería aconsejable enfocarse en más de dos comportamientos simultáneamente. El “coach” puede ayudar al cliente a establecer indicadores de rendimiento para medir su progreso, incluso a que solicite feedback a alguien de su confianza para que le observe, además de hacerlo él a sí mismo frecuentemente. Los pequeños logros incrementan la autoconfianza necesaria para seguir adelante en el desarrollo de la habilidad; no hay que olvidar que se está operando fuera de la zona de confort. Hasta el momento no se ha necesitado el apoyo explícito del modelo elegido, pero también podría tomar la opción de hablar con él y pedir su colaboración activa, preguntarle cómo lo logró, qué obstáculos encontró y cómo los solventó, y algo que va más allá de la propia técnica o habilidad en cuestión y que es más difícil de observar, las actitudes que pone en juego. Si además se puede contar con su colaboración para que le observe y le aporte algo de feedback, la fórmula será magistral.

La persuasión verbal social

La persuasión verbal se utiliza como estrategia cognitiva para inducir en las personas la creencia de que poseen la capacidad suficiente para conseguir aquello que desean. Sin embargo, es más fácil hacer disminuir la autoeficacia percibida con la persuasión verbal que aumentarla de forma prolongada.

La clave no está en la persuasión verbal como tal, sino que cuando se persuade a alguien verbalmente, éste tiende a realizar más esfuerzo y a mantenerlo durante más tiempo.

Las técnicas persuasivas solamente serán efectivas si las valoraciones están dentro de los límites de la realidad y no intentan inducir creencias falsas sobre las competencias o capacidades reales, lo cual produciría frustración. Además, el persuasor debe poseer la suficiente calidad, confianza, credibilidad y prestigio para poder influir. El “coach” puede animar al deportista a rodearse de personas que crean en él y que puedan proporcionarle un estímulo realista y unos objetivos retadores pero alcanzables, y también a que acepte comentarios de los otros sobre sus habilidades y a que se rodee de buenos pigmaliones, e incluso que él mismo lo sea para con los demás.

Estado fisiológico

El deportista recibe información a partir de las reacciones fisiológicas que experimenta ante determinadas tareas o situaciones. La ansiedad, el estrés, el cansancio ejercen influencia sobre las cogniciones, de manera que la sudoración, la aceleración del ritmo cardíaco, la sensación de ahogo, etc. se suelen asociar con una percepción de incompetencia o fracaso.

La autoeficacia percibida es el antídoto del estrés y se relaciona inversamente con la ansiedad, pues las personas con altos niveles de autoeficacia experimentan niveles de estrés significativamente menores que las que disponen de baja autoeficacia.

Esta fuente de información, la procedente de los estados fisiológicos, dependerá de la intensidad absoluta de la situación, pero fundamentalmente de la forma de percibirla o interpretarla. Un deportista con elevada conciencia de autoeficacia puede interpretar su estado de activación no como un hándicap o un elemento debilitador para la consecución de la meta sino como un plus; sin embargo, otro en la misma situación estresante puede inter-pretar ese grado de activación como un signo de vulnerabilidad. De hecho, ese punto óptimo de activación pasado el cual el rendimiento decrece no es el mismo para todas las personas, ni para todas las tareas; pensemos por ejemplo en el deporte del golf y el automovilismo.

El “coach” puede tratar de potenciar los estados de ánimo positivos, el optimismo, el buen humor y también ayudar al “coachee” a moderar sus reacciones emocionales. Pero sobre todo puede invitarle a reflexionar sobre su percepción y valoración de las situaciones potencialmente estresantes para él, además de hacer que busque dentro de sí los recursos propios que pueda tener para hacer frente a esas situaciones. A veces no es tan importante la intensidad absoluta o la frecuencia de los pensamientos perturbadores como que se perciba incapacidad para controlarlos.

Dentro del campo de las percepciones personales es muy útil prestar atención a los estilos de afrontamiento, es decir, a las razones que el deportista verbaliza y que se da a sí mismo para explicar el resultado que ha obtenido. Básicamente son dos los estilos: el de orientación hacia el dominio deportivo, donde el deportista asocia el éxito con el nivel de esfuerzo, y el estilo de orientación hacia la indefensión, donde el deportista asocia su éxito a la facilidad de la tarea y la derrota a una incapacidad o falta de habilidad, percibiendo que por más que lo intente, no lo hará mejor; es lo que el profesor Seligman denomina “indefensión aprendida”.

Los estilos de afrontamiento pueden ir desde los ideales, que aumentan la inmunidad al estrés, como, por ejemplo, el afrontamiento activo, el auto­control, la búsqueda racional de soluciones, hasta los que aumentan la vulnerabilidad al estrés, como la negación, la huida, la autoinculpación, etc.

El “coach” deberá intentar modificar las atribuciones de indefensión que muestren los deportistas, deberá fomentar el estilo de afrontamiento basado en la valoración objetiva de las situaciones o evidencia de los hechos, además de los recursos y habilidades para manejarlas. El “coach” deberá también valorar y reforzar el esfuerzo realizado por el deportista, además de procurar vincular el esfuerzo al resultado a través de una planificación deportiva gradual.

Por otro lado, las estrategias de afrontamiento pueden servir al “coachee” para disminuir el nivel de activación favoreciendo así la relajación, o por el contrario para activarle y promover una energización. Lógicamente, el “coach” deberá identificar si su cliente posee estas habilidades o tiene que entrenarlas, para lo cual probablemente necesite formación. Si ya las posee, lo primero que tiene que hacer es llevar un autorregistro de sus experiencias de activación, qué, cuándo, con qué intensidad, etc. Luego, el “coach” puede ayudarle a identificar señales, a practicar el ensayo en imaginación o visualización, a encontrar pensamientos, autoinstrucciones y afirmaciones adecuados.

La experiencia y profesionalidad del “coach” contribuirán a aportar un mayor y más adecuado repertorio de técnicas y herramientas a utilizar para potenciar la percepción de control sobre las situaciones estresantes, fortalecer su compromiso para enfrentarse a las mismas y cambiar la percepción de amenaza por la de reto afrontable. Reto, responsabilidad, compromiso y control son componentes fundamentales del control del estrés y de la elevada conciencia de autoeficacia.