Epílogo

De pronto recordé que había soñado con eso:

Un laberinto asfixiante en el que por más
que caminara, siempre estaba en el mismo lugar.

Algo me atrajo, quizá la incertidumbre
o mi propio miedo, y me largué a correr hacia cualquier parte.

Osvaldo Soriano

Vivimos en un mundo complejo, donde entre otros factores de presión, el devenir económico y financiero nos pone a prueba casi a diario. En este contexto, que podríamos definir como agresivo, es completamente normal que sintamos miedo. Miedo a no poder concretar nuestros sueños, miedo a un pasar precario, miedo a no poder conservar lo que ya tenemos, miedo a un futuro incierto.

Dijo Woody Allen: “… nos preocupa el futuro, pues es el lugar donde pasaremos el resto de nuestros días”. Y en esa incertidumbre es donde se esconde uno de nuestros peores enemigos: el miedo. A lo largo de este libro, hemos tratado el tema del miedo como contraposición al conocimiento, desde una perspectiva de las tantas que existen. En este caso desde la óptica del coaching, que nos aporta un herramental bien útil para atacar nuestros temores de forma práctica, pues en el mundo de las inversiones, si bien podemos filosofar (a una idea sobre cómo invertir solemos llamarla filosofía de inversión), el invertir es una actividad donde los supuestos que sostenemos, se mantienen o se derrumban en el mismo acto de la inversión, pues son pocos los que se sostienen perdiendo dinero bajo la operatoria de supuestos teóricos o técnicos erróneos.

Atacar al miedo supone respetarlo, pues la carencia de respeto derivaría en la indiferencia y la temeridad, y no es ese el sentimiento que nos despierta el temer. Cuando tenemos miedo, nos inmovilizamos como nos relata en su sueño Soriano, corremos a hacia cualquier lado, pero cuando de invertir se trata, no podemos darnos ese lujo, pues corremos el riesgo de que nuestro sueño se transforme en pesadilla.

Comenzamos este epílogo señalando la rusticidad a la que nos exponen las economías en las que estamos insertos (sí, en plural), una rusticidad que se da en términos de la violencia, rapidez y daño que causa cuando se hacen presentes los diferentes cracks financieros, que en un sinfín de ciclos (cada vez más cortos y explosivos) hacen cambiar de manos fortunas (y no tanto) de la noche a la mañana.

La economía y las finanzas se han globalizado, quizá en un proceso de marcha adelante y marcha atrás que hace unos 10 años se pronosticaba que iría a toda marcha, y que en ese ir y venir nos damos cuenta de que lo que parece simple es realmente complejo. Los factores que afectan a las economías mundiales pueden haberse desencadenado del otro lado del globo. Todos los países (o casi todos) deben dinero y, al mismo tiempo, son acreedores, en una maraña interconectada digna de la ciencia ficción, lo que a las claras provoca subidas y bajadas no aptas para cardíacos. Pero en este sube y baja, ¿todos pierden? No necesariamente, pues a toda baja generalmente le sigue un boom, en el sentido positivo de la explosión, y quienes aprovechan estas subidas son quienes se hacen de las ganancias. ¿Y quién no desea el provecho de acumular?

Generalmente este afán por ganar es el motor que pone en movimiento a quien teme, a veces llevándolo por el buen camino del aprendizaje y la acción (según mi opinión) y a veces por la senda pedregosa de la acción y el aprendizaje, que no es ni más ni menos que otra manera de aprender, pero que según he visto deja a muchos viajeros en el camino.

Nadie que se considere pragmático reniega del ensayo y error, método más que válido en el mundo de las inversiones (pues incluso podemos ensayar con dinero virtual, aunque no es lo mismo que usar dinero real), si y solo si lo hacemos para aceptar o refutar una hipótesis, pues si solo “hago, yerro, hago, yerro”, sin un objetivo claro, será muy difícil establecer cuáles herramientas y procesos suman para determinada meta, y cuáles deben pasar a corrección. En esta línea nos orientamos para vencer al miedo, utilizando el tridente “conocimiento – objetivos – herramientas”. Al respecto de los objetivos y las herramientas, considero que deben definirse claramente, pues para cada necesidad, tenemos la suerte de contar con herramientas adecuadas, económicas (muchas gratuitas) y de fácil acceso. Por lo que resta estudiar, practicar, contrastar, dudar, avanzar, leer, dar contenido a esas herramientas, es decir adquirir conocimiento.

El consejo, si se me permite, se centra en testear. El mercado es un ente dinámico y lo que hoy funciona bien mañana nos adiciona una pérdida, por lo que testear distintos activos, sistemas y herramientas nos ayudará de primera mano y en tiempo real a entender qué es lo que funciona y principalmente con qué nos sentimos cómodos, pues de generar bienestar se trata finalmente administrar bien el dinero.

Quizá lea estas palabras una persona que desea ser millonaria y también lea estas palabras una persona que solo desea equilibrar sus egresos y sus ingresos. Para ambos, la reseña es la misma: aprender y practicar, objetivos claros en relación con las herramientas que se adapten a sus metas.

Alguien pensará que lo mejor es ser conservador, y otros pensarán que el tiempo se pasa y que hay que arriesgar. Ambos tienen razón si están cómodos con la decisión que tomaron, pero ambos estarán equivocados si utilizan las herramientas equivocadas, incluso si logran acercarse a sus objetivos, pues como bien sabemos cuanto mejor nos va, tendemos a pensar que sabemos lo que hacemos, y es ahí donde nos equivocamos. Pero si cometemos un error dentro de las predicciones realizadas (pues sabemos que tarde o temprano nos enfrentaremos a una pérdida), seguramente gestionaremos el error y seguiremos avanzando, no ya en forma desordenada y hacia cualquier parte, sino hacia donde realmente queramos, no nos asusta la incertidumbre, nos sentimos libres y corremos… como en un buen sueño.

El poder de los detalles: una clave para todo inversor

Para finalizar, quiero compartir una historia que me contó mi esposa mientras charlábamos sobre los detalles en el mundo de las inversiones. En plan de compartir, le contaba cómo Aristóteles Onassis, el magnate griego, gustaba de señalar a sus interlocutores algún jarrón o pieza de arte, indicando que él lo había visto primero, señalando en ese poder de anticipación la clave de su éxito. En referencia a ello, mi esposa me contó esta historia, que ilustra claramente el poder de los detalles y, al mismo tiempo, me enseñó que no es necesario viajar a Grecia ni pensar historias de magnates. Los detalles nos rodean, están ahí, solo tenemos que aprender a verlos.

“En 1973 mis padres se casaron. En una de las excursiones del viaje de luna de miel, por la provincia de Córdoba, visitaron la Ciudad de los Cocos. Era obligado el recorrido de un laberinto que le da personalidad a aquel lugar. Bajo el sol de Punilla, se internaron por aquellos pasillos formados por la vegetación. Y llegó el momento de encontrarse en medio del laberinto, y perdieron la alegría inicial del juego.

Siendo mediodía de verano y habiendo olvidado llevar provisión de líquidos, lo jocoso de la situación pasa a la desesperación: No podían hallar

la salida. Gracias a la viveza de un guaso cordobés, que era parte del grupo, pudieron encontrar la manera de llegar al final. Entre los pastizales, descubrió un palito clavado que señalaba el camino correcto”.

María Fernanda Geringer

Apéndice 1

Las variables que afectan al mercado, son muchas, y también lo afecta un ente para nada menor: los seres humanos, el sujeto. Si incorporamos este nuevo ente, debemos hablar además de reflexividad.

Este término es llevado a los mercados por George Soros. La idea central del pensamiento de Soros se centra en dos proposiciones relativamente sencillas. Una es que en las situaciones que tienen participantes pensantes, la visión que tienen del mundo esos participantes es siempre parcial y distorsionada. Es el principio de la falibilidad.

La otra es que esas visiones distorsionadas pueden influenciar la situación a la que se refieren, porque los puntos de vista falsos conducen a acciones inapropiadas. Es el principio de reflexividad.

Con estos dos conceptos, Soros quiere decirnos que muchas veces, aunque tengamos información, somos ineficientes en el uso de esta y, por otro lado, nuestra participación activa modifica en tiempo real dicha información. Lo dicho, aplíquese a los mercados.

George Soros afirma que es controvertido, pues, que la complejidad del mundo en que vivimos excede nuestra capacidad de comprenderlo. Esto es algo, por lo general, reconocido. En ese asunto, no se ofrecen ideas nuevas (y Soros así lo admite), pero sí enuncia que la principal fuente de problemas es que los participantes forman parte de las situaciones con las que tienen que tratar. El principio de reflexividad se presenta una y otra vez en este tipo de enunciados, pues, de alguna manera viene a significar que no existe el hecho sin que exista el sujeto que lo presencia. Y según Soros, las acciones de este sujeto vienen a modificar el hecho.

Entonces, cuando nos paramos frente al mercado, debemos pensar en estos aspectos. Estamos frente a un sistema complejo, creemos que lo comprendemos, que contemplamos todas las variables que lo afectan y cómo se interrelacionan. Al mismo tiempo, obramos en consecuencia respecto de nuestras creencias, y nuestra propia acción en el mercado es una nueva variable de análisis para otro agente (otro comprador o vendedor), y las acciones de este actor son nueva información en nuestro sistema de tomas de decisiones, pues entonces debemos actuar sabiendo que somos falibles y operamos en un entorno reflexivo.

En relación con la forma en que nos acercamos al mercado, generalmente se presentan dos tipos bien diferentes de acepciones. Aquellos que abogan por lo analizado hasta aquí y creen en un mercado ineficiente y aquellos que ven agentes racionales en los operadores bursátiles y el público inversor, e incluso capaz de procesar toda la información disponible en el proceso de toma de decisiones. Estos creen en un mercado eficiente.

Apéndice 2

En este apéndice, trataremos algunos aspectos sobre los parámetros que se utilizan en el CAPM. Esto es necesario, pues si bien su uso está muy difundido y existe un consenso general sobre cada parámetro en sí, también existen muchas críticas sobre su utilización que, desde mi punto de vista, son válidas y atendibles.

Decidí tratar este análisis en un apéndice para no oscurecer la explicación brindada en el capítulo 7. Las principales críticas sobre el CAPM están centradas en que, para su cálculo, utilizamos información cierta, pero no precisa, por un lado, y que dicha información se calcula con datos del pasado, por otro. Al respecto de lo segundo, diré que, como contracara de los sistemas basados en datos históricos, tenemos los sistemas que están basados en información futura, que claramente contienen un importante grado de incertidumbre y desvío respecto de los cálculos realizados. Es decir, ni los sistemas basados en datos del pasado ni los basados en datos del futuro son perfectos, pues solo podemos conocer (e incluso a veces tampoco podemos) los datos del presente.

Respecto de la información cierta, pero no precisa, me permito citar al escritor y locutor argentino Alejandro Dolina, quien en un programa radial, explicando la diferencia entre cierto pero no preciso (refiriéndose a generalidades, no a inversiones), dio como ejemplo… Rusia es grande. Si bien es cierto que Rusia es grande, claramente no es un dato preciso. ¿Qué tan grande? ¿Grande respecto de qué?

En el CAPM, utilizamos una serie de datos para establecer ciertas performances a nivel tasas de interés y rendimientos históricos que no guardan consenso, incluso entre quienes habitualmente lo utilizan. Pensemos por ejemplo en un ejemplo sencillo. El mundo toma como referencia para establecer la tasa libre de riesgo (Rf) los bonos del tesoro de Estados Unidos.

Pero no hay un consenso exacto para establecer cuáles bonos.

Quienes realizan inversiones de corto plazo, sostienen que debe tomarse la tasa de los bonos de corto, y quienes realizan operaciones de largo plazo bonos de largo. Esto parece lógico, pero nuevamente surge el interrogante sobre cuáles son de corto y cuáles de largo. Por ejemplo, si hablamos de corto, podemos referirnos a 6 meses, a 1 año; pero si hablamos de largo, podemos referirnos a notas de 5 años, de 10 años o de 30 años.

Si en lugar de los Estados Unidos, hablamos de un país emergente, ¿cuál es la tasa libre de riesgo? ¿Hay una tasa libre de riesgo? Muchos autores sugieren tomar como referencia un bono típico, otros la tasa de plazos fijos. ¿Qué ocurre cuando la tasa de los plazos fijos es negativa respecto de la inflación? Estos son todos interrogantes que tienen muchas posibles respuestas, pero no tienen consenso en el mercado.

Cuando nos referimos a Rm, generalmente tomamos un índice como referencia. Para el mercado de acciones de los Estados Unidos, se utiliza habitualmente el S&P500, pero no hay consenso con los plazos. Están quienes utilizan promedios de larguísimo plazo (30 o 40 años); están quienes defienden el uso del promedio de los últimos 5 años, pues lo consideran más representativo. Incluso aunque en general se usa el S&P500, existen analistas y académicos que prefieren índices con mayor cantidad de datos, como el Russell 2000, mientras que otras personas eligen referenciarse utilizando el DJ Industrial Average que replica el movimiento de 30 papeles.

Respecto de la Beta sucede algo similar, incluso potenciado, o como diría Soros (ver apéndice 1) reflexivo. Para el cálculo de la Beta, debemos realizar una serie de cálculos estadísticos (que no haremos, pero intentaremos comprender), para los cuales debemos tomar como datos la rentabilidad de una acción en sí y la del mercado (Rm). Pero nuevamente surge el interrogante: ¿qué mercado? ¿Dow Jones, S&P, Russell? Para calcular la rentabilidad exigida, utilizamos indefectiblemente Rm, pero no podemos estar seguros de que es el mismo Rm que se usó para calcular Beta si utilizamos una Beta publicada en una página web. Y si la calculamos nosotros y para el cálculo usamos un Rm equivocado, estaremos potenciando el error al llevar el Beta erróneo a una fórmula en donde posiblemente usemos nuevamente un Rm sesgado.

En este punto, supongo que debe de estar desanimado. La respuesta es que no debe dejarse amilanar, pues los analistas más sofisticados, los inversores más destacados y los académicos más estudiosos, comparten la misma incertidumbre que sentimos en este momento ante este problema. Una de las soluciones que se ha encontrado es aplicar a esta metodología matemática un manto de discrecionalidad cualitativa. Si bien estos métodos parecen modernos, poco se diferencian de los aplicados por Phillip A. Fisher en la década de 1930.

Uno de los métodos “modernos” se denomina CAMEL, por sus siglas en inglés.

C: Capital (Endeudamiento).

A: Asset Quality (Calidad de los activos y riesgo del negocio).

M: Management (Calidad de los directivos).

E: Earnings (Volatilidad de los beneficios).

L: Liquidity (Liquidez de las acciones).

Fisher, quien en 1958 escribió su clásico Acciones ordinarias, beneficios extraordinarios, sintetiza en 15 puntos su pensamiento respecto del análisis cualitativo de las acciones. Se concentra en el conocimiento de los directivos de las empresas, en cómo y cuándo estas empresas generan sus ganancias, en la potencialidad de crecimiento de los productos y servicios que ofrecen, en la inversión en investigación y desarrollo, entre otros puntos, que claramente escapan a la fría matemática, pero que nos obligan a pensar con detenimiento en cada decisión de inversión que vayamos a realizar.